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16 de octubre de 2012

Tanta insistencia




—¿Qué pasa? ¿Se cansó de hablar mal de Colombia y ahora va a empezar a darle garrote a los indígenas chilenos?
   —Ni más faltaba. No tengo nada contra ellos.
   —¿Entonces?
   —Quería, simplemente, apuntar algo sobre la marcha del pasado 12 de octubre en Santiago.
   —No fue sólo una marcha. Fue una reivindicación.
   —Y hacen bien, porque en más de 200 años Latinoamérica (con Colombia a la cabeza) no ha hecho otra cosa que excluirlos, discriminarlos y negarles sus derechos. La palabra «indígena» sigue siendo sinónimo de desconfianza.
   —Me alegra que lo entienda.
   —Pero una cosa es una reivindicación de derechos y otra bien distinta es enarbolar lemas como «Contra la Conquista Española».
   —No veo por qué. La Conquista fue una matanza, un genocidio, un exterminio.
   —De acuerdo. Y de acuerdo, también, en que el 12 de octubre debe «conmemorarse», mas no «celebrarse». De «fiesta», admitámoslo, tiene más bien poco. Lo que no entiendo es por qué protestar por algo que pasó hace más de 500 años. Por qué tanta insistencia.
   —¿Acaso no tienen derecho?
   —Derecho, claro que sí. Lo que no veo es el sentido práctico, la utilidad. Si se fija, viene a ser como manifestarse «Contra las Guerras Médicas».
   —No le entiendo.
   —Suponga que usted se entera, en pleno año 2012, de que por sus venas corre sangre persa. Y suponga, además, que un día le da por protestar por la victoria de los griegos frente a sus ancestros en las Guerras Médicas. Estaríamos hablando de algo que pasó en el siglo V a. C., mientras usted enarbola pancartas en el XXI. ¿Van a cambiar algo sus gritos? ¿Infundirán ánimo a las tropas persas? ¿Conseguirán que Ciro II sea más precavido al invadir Jonia?

19 de septiembre de 2011

«Nosotros» y «los españoles»



Hablaba el otro día con un compatriota sobre la conquista de América. Pero no era una charla académica. Más bien se trataba de uno de esos ejercicios a los que de vez en cuando nos entregamos los que hemos optado por el exilio. Al fin y al cabo, hablar del país —bien o mal— es una manera de hacer frente a los coletazos de la nostalgia.
   De uno u otro modo, aterrizamos el tema en Colombia y en las más de 120 tribus indígenas y sus múltiples riquezas con las que se encontraron los primeros exploradores españoles. Y fue ahí, en ese punto, cuando mi compatriota no pudo contener un arrebato nacionalista.
   —¡Los españoles nos robaron el oro! —exclamó casi con rabia.
   Me quedé mirándolo, desconcertado.
   —No le entiendo —dije.
   —Pues que nos robaron el oro. Los españoles se llevaron todas nuestras riquezas.
   —Eso todo el mundo lo sabe. Yo me refiero a lo otro.
   —¿A qué?
   —Pues a lo otro. ¿No se da cuenta de lo que acaba de decir?
   Hubo un corto silencio que aproveché para mirarlo con más detalle: tez blanca, ojos claros y cejas casi rubias. Recordé, además, que su primer apellido era González.
   —¿A qué tribu indígena pertenece? —le pregunté al fin.
   Entonces fue él quien me miró desconcertado.
   —¿Perdón?
   —Eso. Quería saber a qué tribu indígena pertenece usted.
   —Pues a ninguna. Yo nací en Bogotá.
   —¿Y su familia también?
   —También... ¿Por qué la pregunta?
   Hubiera podido decirle algo sobre «los españoles». O sobre «nosotros». O recordarle que, según un reciente estudio realizado por genetistas, el 90% del gen materno de los colombianos es de origen indígena, mientras el 94% del gen paterno proviene de europeos (en su mayoría europeos peninsulares de España).
   —Espere... —insistió—. Dígame por qué la pregunta...
   Pero no le respondí. Igual, creo que su nacionalismo no lo habría entendido.