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8 de enero de 2018

Final del viaje



—¡Dichosos los ojos que lo ven! Casi año y medio pensando que se lo había tragado la tierra y de pronto aparece como si nada. Muy bonito, ¿no?
   —Necesitaba una pausa. Ser colombiano no es fácil.
   —¿Y dónde estaba? No me diga que le dieron un cargo en el Consulado de Colombia en Madrid.
   —¡Qué va! La cónsul me puso en la lista negra por lo que escribí la última vez.
   —¿Entonces? ¿Se fue al fin del mundo y se devolvió?
   —Más o menos. Pasé una larga temporada en el monasterio budista de Thien Mu, en Vietnam, en la ladera del Río Perfume. Allí, junto a los monjes mahayana que me acogieron como su alumno, logré digerir el resultado del plebiscito de 2016 y recuperar la paz que Colombia, la loca, me robó. Ahora ya soy otro, se lo aseguro. Todo está sanado.
   —¿O sea que desde entonces no lee noticias? ¿No sabe lo que pasó después?
   —No me interesa.
   —Han pasado muchas cosas. El Proceso de Paz...
   —No importa, de verdad. Colombia ya no tiene arreglo: los colombianos son la enfermedad.
   —Yo no veo que usted haya cambiado ni pizca. Es el mismo discursito de antes...
   —Todo lo contrario. Saber que Colombia no tiene arreglo pase lo que pase ya es una liberación, un respiro, es como quitarse un peso de encima. Basta de esperanza, basta de falsas ilusiones. Nada cambiará, salvo pequeñas cosas. Seguiremos siendo un fracaso de nación otros 200 años, o quizá más. Y saber eso, aunque suene raro, es el mejor remedio que existe.
   —Y si no va a hablar mal de Colombia, ¿a qué volvió?
   —He venido a despedirme. Voy a echar el cierre definitivo a este blog.
   —¿Por fin entró en razón?
   —Tal como lo oye: este es el final del viaje.
   —¿O sea que después de 6 años va a dejar en paz a los dos o tres lectores que aún le quedan?
   —Digamos que ya he agotado la ruta. Además, Pedri me espera en casa.
   —Pues haberse ido así, sin más. ¿Para qué tanta parafernalia?
   —El que no se despide es como si nunca se hubiese ido. En mis paseos diarios por los jardines de Thien Mu, en medio de árboles centenarios y exuberantes bonsáis, pensé muchas veces en irme y no decir ni una palabra; dejarlo todo a la deriva y listo, ya, se acabó. Pero no, no podía. Mis lectores, incluidos los compatriotas rabiosos y enfurecidos por lo que aquí se escribe de Colombia, merecían un adiós, un último texto que cerrara el ciclo. Fueron 210 post (más 1 autocensurado) y cerca de 20.100 vistas que no merecían el silencio como despedida. Faltaba un punto final.
   —Y si ya no va a engañar a lectores incautos, ¿a qué se va a dedicar?
   —A seguir andando... Todo final es un comienzo, ¿no?
   —¿Va a seguir escribiendo?
   —Sí, pero no en las redes. Este postureo me aburre mucho.
   —¿Y qué va a hacer con los post?
   —Dejar que vaguen libremente en internet. Al fin y al cabo, siempre fueron botellas en el mar.
   —Y a Colombia, ¿va a volver?
   —Claro, de vez en cuando. Aunque me pese, allá están mis raíces.
   —¿O sea que ya no va a renunciar a la nacionalidad?
   —No sé. Si el día en que deba jurarle fidelidad a Felipe VI me levanto con el pie equivocado, a lo mejor entrego el pasaporte y me quedo sólo con el español. Quién sabe.
   —Pues si la decisión de cerrar el blog no tiene reversa, debería despedirse por lo alto.
   —Me basta con dar las gracias a los lectores.
   —Eso ya lo ha hecho varias veces. Yo me refiero a otra cosa.
   —¿A qué cosa?
   —Por ejemplo, despedirse con una frase contundente, sonora, rabiosa...
   —No le entiendo...
   —Sí, una frase que cierre el ciclo, que deje claro quién fue usted como bloguero. ¡Una frase que sus lectores no olviden por los siglos de los siglos!
   —Puede ser. Me gusta la idea.
   —¡... una frase muy suya, una frase que deje claro de quién carajos era este blog...!
   —Una frase que lo resuma todo...
   —Exacto, pero recuerde que será su última frase. ¡No puede ser cualquiera!
   —No, no, claro que no.
   —¡... una frase directa al corazón!
   —Sí, eso es... Creo que la tengo.
   —¿Ah, sí? ¿La tiene?
   —Sí, la tengo, creo que la tengo. Agárrase de donde pueda, que a lo mejor no aguanta el golpe.
   —Hágale pues, suéltela.
   —¿Ya está listo?
   —Sí, hágale.
   —¿Está seguro? Mire que luego no respondo...
   —Hágale, hágale, que yo aguanto.
   —Bueno, pues ahí va: «¡¡¡Viva Colombia, hijueputa!!!»


(*) Fotograma de la película 'El viento' (Eduardo Mignogna, 2005 - Argentina)

3 de octubre de 2016

Vietnam



—¿Y esas maletas? No me diga que se va de viaje, doctor Ambidiextro.
   —Mañana mismo, a primera hora.
   —¡Ah, carajo! ¿Y para dónde?
   —Voy a pasar una temporada larga en Vietnam.

1 de octubre de 2016

2 de octubre de 2026



—Ay, compadre, cómo pasa el tiempo, ¿no? Fíjese, mañana dizque ya se cumplen 10 años desde que fuimos a votar el plebiscito por la paz con las FARC. ¿Se acuerda?
   —¡Claro que me acuerdo! ¡Fue un día histórico!
   —¿Y usted al fin pudo votar?

13 de junio de 2016

Volver (o la nostalgia de los aguacates)



—¿A usted quién lo entiende, compadre? ¿No dizque había jurado no volver nunca a Colombia?
   —Extrañaba los aguacates. Los que traen a España no saben igual.
   —¿Y no le negaron la entrada?


28 de marzo de 2016

¡Llegaron!



—¡Ese viejo deslenguado y rabioso me tiene harto! Si de mí dependiera, ahora mismo le quitaba el pasaporte y le prohibía la entrada a Colombia.
   —¡Cuidado! En este blog está prohibido hablar mal del maestro Fernando Vallejo.
   —¿Y esta vez qué? ¿Otro librito con la cantaleta de siempre?
   —Los temas del maestro son los mismos, pero sus libros nunca son iguales.


28 de septiembre de 2015

Acuerdo



—Ya sabemos lo que piensa Daniel Cristancho sobre el Proceso de Paz con las FARC. Ahora sería bueno que usted, siempre tan rabioso, nos revelara su postura.
   —Le agradezco que no me compare con ese sujeto.
   —Está bien, pero no se vaya por las ramas. Los lectores quieren saber qué piensa.
   —Mi postura quedó clara en agosto del año pasado.


31 de agosto de 2015

Frontera




«... Venezuela, unida con la Nueva Granada, podría formar una nación que inspire a las otras la decorosa consideración que le es debida (...) Nuestra seguridad y la reputación del nuevo gobierno independiente nos impone el deber de hacer un cuerpo de nación con la Nueva Granada. Este es el voto ahora de los venezolanos y los granadinos (...) Divididos seremos más débiles, menos respetados de los enemigos (...) La unión hará nuestra fuerza y nos hará formidables a todos».


(*) Fragmento de la carta de Simón Bolívar al general Santiago Mariño
Valencia, 16 de diciembre de 1813

20 de julio de 2015

Escudo nacional



—Como el año pasado y el antepasado puso el grito en el cielo, este 20 de Julio no le voy a poner la bandera de Colombia al revés. Para que vea que soy un «buen patriota».
   —¡Bendito sea mi Dios! ¡Ya era hora, compadre!
   —En cambio, esta vez le he traído una singular versión del escudo patrio.
   —Qué cosita con usted. No da puntada sin dedal, ¿no?


7 de febrero de 2015

Reportaje



—No voy a pedirle su opinión sobre el reportaje que hizo Antena 3 en Colombia. Ya sé que usted, como buen apátrida, celebra todo lo que hable mal de la tierrita.
   —No todo. A veces, cuando escucho ciertas cosas, me dan ganas de volver a ser colombiano.
   —A ver, qué cosas. Dígame al menos una.
   —Por ejemplo, el dichoso reportaje del que hablaba hace un momento.


13 de enero de 2015

Suelo sucio



—Usted había prometido, hace unos meses, no volver a hablar mal de Colombia. ¿Se le contagió la desmemoria nacional o es que se está haciendo el sueco?
   —¡Qué va! ¡Ya me gustaría ser sueco!
   —¿Entonces?


24 de octubre de 2014

Tutelas sin Corte



—Expedientes por aquí, expedientes por acá... Cuidado, compadre, fíjese dónde pisa. Aquí no se puede dar ni dos pasos seguidos. ¡Esto parece el fin del mundo!  
   —Es el fin de la justicia colombiana. Lo de Kafka es una broma comparado con esto.
   —¿Y de dónde salió tanto papel?
   —Son las tutelas, que llegan como chorros a la Corte Constitucional. Cada día se reciben 4.000 nuevas. Sólo en Bogotá, son cerca de 1.000 las que se apilan en 25 ó 30 bultos diarios.
   —Perdone la ignorancia, compadre. ¿Qué es una tutela?
   —La tutela es un mecanismo aprobado por la Constitución del 91 para garantizar los derechos fundamentales de los colombianos. ¿A que suena bonito?
   —¡Carajo, compadre! ¡Ya está hablando como todo un magistrado!
  —Por ejemplo, si usted cree que alguien está violando su derecho al trabajo, a una educación de calidad, a una vivienda digna o al libre desarrollo de su personalidad, por decir algo, puede poner una tutela en vez de utilizar las vías ordinarias de la justicia, que por lo general no sirven de nada. La Corte debe responderle en un plazo máximo de 10 días, y lo que en dicha resolución se disponga será de inmediato cumplimiento.
   —Entonces es una cosa buena, ¿no?
   —Sí. Lo que pasa es que está mal adaptada al contexto colombiano.
   —¿Por qué, compadre?
   —Porque los magistrados que diseñaron el recurso, sin duda con las mejores intenciones, no se fijaron en una cosa: que en Colombia la vulneración es una forma de vida. Es decir, no tuvieron en cuenta que las violaciones, los atropellos, los abusos, los ultrajes, las tropelías y las ilegalidades se multiplican como los panes y los peces en las bodas de Caná. Son nuestra única forma de moral. Así que, en la lógica de esa ecuación, estaba claro que algún día las tutelas sobrepasarían la capacidad de la justicia. Y ese día, por fin, ha llegado.
   —Pero algo habrá que hacer, compadre. Estos bultos no se pueden quedar aquí tirados.
   —Hay que pensar en una propuesta ambiciosa.
   —¿Invertir más platica en la justicia? ¿Contratar más funcionarios?
   —Yo me refiero a una propuesta de fondo. O mejor dicho, de altura: construir una torre alta, altísima, tan alta tan alta tan alta como el Burj Khalifa de Dubai, que tiene 163 plantas y 828 metros. ¡La más alta del mundo! Imagínese, con tantas plantas disponibles la Corte se descongestionaría en un dos por tres. Las tutelas seguirían llegando a chorros, a mares, pero ya no habría problema de dónde almacenarlas. Y los bultos no se vendrían abajo. Y uno podría caminar por los pasillos. El sistema judicial, en fin, volvería a ser viable.

12 de septiembre de 2014

Tercer cumpleaños: lista de invitados



—Le confieso que yo, al principio, no daba un céntimo por este blog. Y fíjese, quién lo diría: tres años despotricando a diestra y siniestra... ¿Cómo piensa celebrarlos?
   —Con una gran fiesta. ¡Voy a tirar la casa por la ventana!
   —¿Y dónde piensa celebrarla, en Colombia?
   —No, qué va. Mis compatriotas no me pueden ver ni en pintura. La fiesta la voy a hacer aquí, en Madrid, la capital mundial de mi exilio.
   —¿Y los invitados?
   —Uf, muchísimos. Ni se imagina cuántos. Ya tengo hecha la lista. ¿Quiere que la repasemos?
   —Usted dirá.
   —El primero, para quien tengo reservadas una mesa y una botella del mejor aguardiente, es el maestro Fernando Vallejo. Vendrá desde México D.F. con su perra Bruja. Además de ciertos recursos formales, este blog le debe su ira, sus impecables insultos, esa constante desazón que, en el fondo, no es otra cosa que el disfraz de la esperanza y el amor más puro.
   —¡Que viva Vallejo! ¿Quién más?
   —También vendrán los grandes maestros que ha tenido El Ambidiextro desde que descubrió que era ambidiestro: Piedad Bonnett, Alejandro Gándara, José Luis Corrales y Jaime Repollés.
   —¡Menudo cartel!
   —Los siguientes son los periodistas y columnistas de prensa, que aportan ideas y análisis. Los de España: Juan Cruz, Juan José Millás, Rosa Montero, Elvira Lindo, Javier Ruiz, Fermín Bocos, José María Brunet, Antonio Papell, Ignacio Escolar, Antonio García Ferreras, Ana Pastor, Jesús Cintora y Jordi Évole. Los de Colombia: Héctor Abad Faciolince, Óscar Collazos, Antonio Caballero, Daniel Coronell, León Valencia, Eduardo Escobar y Ricardo Silva. Y los de otros sitios: Yoani Sánchez, Jorge Volpi, Martín Caparrós, Leila Guerriero, Juan Villoro...
   —Y con tanto periodista, ¿no le quedará muy seria la cosa?
   —Obvio, por eso es que voy a traer a una buena camada de caricaturistas: Forges, Peridis, El Roto, Erlich, Vladdo, Tola y Maruja, Magola, Nieves y Matador.
   —¿Y no va a invitar amigos?
   —Sí, claro. Los de las terturlias en las que no queda títere con cabeza: Laura Riazuelo, Mariella Villanueva, Ana Calzada, Raúl Lavarello, Christian Esteban, Joaquín Mulén... Ah, y dos mujeres muy importantes, pues son las únicas colombianas que soportan las peroratas de El Ambidiextro contra Colombia: Liliana Puerta y María Eugenia Rozo.
   —¡Qué gentío! ¿Y no habrá sitio para mí?
   —Espere lo busco en la lista. ¿Cuál es su nombre?
   —Daniel Cristancho.
   —¡Claro, cómo no, aquí está! Usted es el escribiente, el redactor, el que pasa los textos a limpio y los corrige. Habérmelo dicho antes. Voy a ponerlo en la mesa de los lectores.
   —¿Los lectores también están invitados?
   —¡Por supuesto! No ve que son ellos los que, gracias a su «click» semanal, han hecho posible que El Ambidiextro siga maniobrando. Ya son 148 posts y casi 10.000 visitas en total. Son los lectores los que comentan, critican, disienten, refutan, corrigen, señalan, comparten, reafirman, añaden, rehacen o destruyen lo que aquí se publica. Y si hasta ahora ha sido así es porque estos textos, en cierta medida, también son de ellos. De modo que, si conoce a alguien más, invítelo. Aquí le abrimos espacio. No se reserva el derecho de admisión.

7 de agosto de 2014

Posesión presidencial


EL INFORMADOR / Política / Actualidad


Sergio Fajardo asume la presidencia de la Nueva Granada


SANTAFÉ, 7 de agosto de 2014

(EFE - Europa Press). El antioqueño Sergio Fajardo Valderrama, líder de la formación política Pacto Social Granadinoo (PSG), ha tomado posesión este mediodía como presidente de la República de la Nueva Granada, cargo en el que permanecerá durante los próximos cuatro años.
  Fajardo, de 58 años, fue elegido en la segunda vuelta con el 68% de los votos, más del doble que Jorge Enrique Robledo, de la Izquierda Democrática (ID), que obtuvo el 31.8%.
  El PSG, formación en el que confluyen varias tendencias de centro y de izquierda moderada, se consolida de esta manera como la primera fuerza política neogranadina, un espectro que ha ocupado desde 1990, cuando accedió por primera vez a la jefatura del Estado y puso en marcha un novedoso programa de gobierno basado en la educación ciudadana.
  La estela de la que es heredero Fajardo se forjó con el carismático Luis Carlos Galán, quien fue presidente del país en el período 1990-1994. Después siguieron sus coopartidarios Antonio Navarro Wolff (1994-1998), Alfonso Gómez Méndez (1998-2002); Antanas Mockus (2002-2006); Carlos Gaviria (2006-2010); y el mandatario saliente, Rafael Pardo Rueda (2010-2014).

Diversidad política
Pero este legado no es sólo político, sino también social . Tras siete gobiernos sucesivos del PSG, Nueva Granada ha iniciado un exitoso período de crecimiento económico y de reformas sociales que han reforzado los aportes realizados durante el siglo XX por los dos principales partidos: la Unión Nacional Conservadora (UNC) y el Partido Reformista Granadino (PRG).
  El éxito de la formación política parece estar en su diversidad de posturas, que en sí mismas han garantizado una alternancia en el poder.
  Fajardo, además de político, tiene un grado en Matemáticas y se ha desempeñado como docente universitario, labores que ha compaginado con éxito en los cargos públicos que ha ocupado antes de ser elegido Presidente, entre ellos, la alcaldía de Medellín, segunda ciudad neogranadina en importancia y capital del Estado Federal de Antioquia.

Referente de desarrollo
Potencia regional desde 1863, cuando acordó pacíficamente su independencia de España con los representantes del antiguo virreinato, Nueva Granada ha sido un referente en temas como sanidad, educación, libertad de culto y de pensamiento, igualdad de género, ciencia y tecnología, desarrollo sostenible y resolución de conflictos.
  En su corta historia como república, sólo ha tenido que sortear la Guerra Civil de finales del siglo XIX, que por poco provoca la separación del Estado Federal de Panamá y, con seguridad, hubiese sumido al país en una larga guerra entre radicales de los dos partidos tradicionales.
  Tampoco anidaron en su sociedad los postulados de las guerrillas armadas que, durante los años 60 y 70, se extendieron por gran parte del continente.
  Entre los grandes reformistas de la política neogranadina destacan nombres como Rafael Uribe Uribe (presidente del país en los períodos 1886-1900 y 1904-1908), Jorge Eliécer Gaitán (1950-1954 y 1954-1958) y Carlos Lleras Restrepo (1966-1970), entre otros. También fue importante la labor de María Cano, ministra de Trabajo en el período 1946-1950.

18 de junio de 2014

El Ambidiextro reconoce su derrota en las presidenciales de 2014




     Movimiento del Sin Remedio Nacional (MSRN)
     18 de junio de 2014

Tras los resultados de las elecciones presidenciales celebradas el pasado domingo en Colombia, acepto sin reparos la voluntad de la mayoría de mis compatriotas y agradezco el apoyo de los 5 votantes (el 0.000031% del total de electores) que me dieron su confianza en mi aspiración patriótica de liberar a Colombia de los 47 millones de colombianos que la habitan. Ha sido un orgullo representarlos con tan magna propuesta.
     Felicito al candidato de la Unidad Nacional y actual presidente de la República, Juan Manuel Santos, quien estará sentado en el solio de Bolívar cuatro años más.
     Sin embargo, quiero dejar claro que su reelección no es un motivo de alegría. O, por lo menos, no de una alegría parecida al entusiasmo o a la euforia. Digamos, más bien, que es un gesto de tranquilidad. Un respiro. Zurdos, diestros y ambidiestros de diversos sectores sociales coindicen en que Santos está lejos de ser el líder que Colombia reclama. Aun así, entre el pacto negociado con las FARC o el matoneo de Óscar Iván Zuluaga y su rabioso patrón, el pendenciero senador Uribe, es evidente que la suya es la mejor de las opciones. O mejor dicho, la menos peor. Y como decían las abuelas, «haremos de tripas corazón».
     Por ello, como líder del Movimiento del Sin Remedio Nacional (MSRN), aprovecho la ocasión para hacer extensivo mi apoyo a los diálogos que se llevan a cabo en La Habana. Y lo hago confiado en que se conviertan en una vía directa hacia la paz, la justicia y la reconciliación tras décadas y décadas de enterrar muertos de ambos bandos. Es una nueva oportunidad que, por el bien del país, no se puede desaprovechar. Y, quizá, la última.
     En caso de que el Gobierno firme la paz con las FARC y los acuerdos se lleven a la práctica en temas como reconocimiento de víctimas, reforma agraria, empleo, educación, seguridad social, lucha contra el narcotráfico y participación política, es posible que no haga falta liberar a Colombia de sus 47 millones de colombianos. Y si eso ocurre, renunciaré inmediatamente a mi aspiración presidencial y anunciaré la irreversible disolución del MSRN.
     Pero como Colombia suele ser tan terca y tan corta de entendederas, prefiero continuar con mi solitaria militancia hasta que dichos acuerdos se suscriban. Uno nunca sabe.
     Patrióticamente,


   El Ambidiextro
   (desde algún lugar del paraíso del exilio)

9 de junio de 2014

El mundo de afuera



—Hoy quiero contarle un cuento. Y dice así: «Érase una vez una bella princesa llamada Isolda...»
   —¡Ah, me encantan los cuentos de princesas! ¿Y dónde vivía?
   —En un inmenso castillo medieval, de cuatro torres enormes.
   —¿Y en qué reino de Europa estaba ese castillo?
   —En ninguno. La princesa Isolda vivía en Medellín, Colombia.
   —¿En Medellín? ¿Un castillo en Medellín?
   —Sí. Concretamente, en la zona que ahora se llama El Poblado. Y allí vivía con sus padres, don Diego Echeverría y doña Benedikta zur Nieden. Él era un importante empresario que había vivido en Bonn y ella una inmigrante alemana que había cambiado la Berlín de la posguerra por el verde de las montañas de Antioquia. Cuando volvieron de Europa, decididos a vivir juntos, don Diego se hizo construir un castillo parecido al de La Rochefoucauld. Y como eran los 70's y en la ciudad todavía no pasaba nada, aquello fue todo un acontecimiento.
   —O sea, que éste no es un cuento al estilo de los hermanos Grimm.
   —Bueno, más o menos.
   —No veo reyes, ni reinos, ni príncipes encantados o caballeros de armadura...
   —Pero sí una princesa, Isolda, a la que su padre mantenía aislada en el castillo por temor a que le pasara algo malo en el mundo de afuera.
   —¿Y por qué la tenía encerrada? ¿No dizque Medellín era tan tranquila?
   —Sí, lo era. Pero el señor don Diego no se fiaba. Y a Isolda no le quedaba más remedio que salir cada tarde a jugar al jardín, donde hablaba sola y oía voces.
   —Pobrecita. ¿Entonces se volvió loca?
   —Se sentía sola. Además, las voces eran reales. Se trataba de los vecinos de las fincas aledañas que todos los días la espiaban detrás de los arbustos, que la veían deslizarse por aquellos prados con la ligereza de un hada encantada. Su sola presencia los perturbaba y los fascinaba a la vez. Y uno de ellos, al que apodaban el Mono, un día no pudo más y decidió secuestrarla.
   —¡Virgen santa! ¿Y pudo hacerlo?
   —No, pero se llevó a don Diego. Y exigió un cuantioso rescate por su liberación.
   —¿Y lo liberaron? ¿Qué pasó después?
   —Que las cosas se torcieron. Y no le hablo sólo del secuestro. Le hablo de todo: de Isolda, de la señora Benedikta, del castillo, de la ciudad, de la sociedad entera... Fue un punto de giro, un detonante irreversible. Medellín no volvió a ser la misma. Y a partir de ahí empezó otra historia, nuestra historia reciente, una que se parece más a Tarantino que a los hermanos Grimm.

24 de mayo de 2014

Campaña presidencial



—La publicación de este post supondrá un antes y un después en la historia de El Ambidiextro.
   —¿Nos va a revelar, por fin, a quién le plagia los artículos?
   —No. Ese secreto me lo llevo a la tumba.
   —¿Entonces?
   —¡Me voy a lanzar a la presidencia de Colombia!
   —¿Usted? ¿Un apátrida rabioso?
   —Sí, imagínese: un apátrida rabioso aspirando al sagrado solio donde el general Simón Bolívar, que en mala hora nos separó de España, puso alguna vez las nalgas.
   —¡Ah, carajo! ¿Y cuál es su partido político?
   —El recientemente fundado MSRN: Movimiento del Sin Remedio Nacional.
   —¿Y sus propuestas?
   —Una sola: conceder visas al extranjero a diestra y siniestra de modo que, pasadas las primeras semanas de mi mandato, los 48 millones de colombianos abandonen el país.
   —¡¿Cómo?! ¿Lo dice en serio?
   —Completamente en serio... Mi gobierno se encargará de dispersarlos a lo largo y ancho de los cinco continentes sin distinción de raza, sexo, religión o nivel de impunidad. Todos serán tratados en igualdad de condiciones, según reza la Constitución del 91. Prometo que no quedará un solo colombiano en todo el territorio nacional. Y listo, fin del problema.
   —¿Y los que no quieran irse a otro país?
   —Pues los mandamos a Kepler-186f, el planeta gemelo de la tierra que ha descubierto la NASA.
   —No diga eso. Vea que Colombia es un país bien lindo.
   —¡Claro, lindísimo! En eso estamos de acuerdo.
   —¿Entonces cuál es el problema?
   —El problema es que Colombia tiene un problema gravísimo: los 48 millones de colombianos. Y como en Colombia hay tantos colombianos, es urgente pensar en una solución que vaya a la raíz del asunto. Hay por ahí un senador pendenciero que apuesta por darle bala a todo el que se cruce en su camino. Yo no. Yo me inclino por una solución de otro tipo: repartir pasaportes y llenar un avión tras otro hasta que el país quede vacío, limpio y en calma, como tuvo que haber sido cuando aún no había colombianos y no se llamaba Colombia.
   —¿O sea que primero les pide el voto y luego los echa del país?
   —Es la única solución. Mi lema será «¡Todos afuera!».
   —Dudo mucho que su campaña electoral tenga éxito.
   —No importa. Si no gano ahora, dentro de cuatro años volveré a intentarlo. Y si tampoco gano, lo intento otra vez. No descansaré hasta el día en que Colombia sea un país libre de colombianos.

9 de abril de 2014

Una esquina



—¿O sea que fue aquí, en esta esquina del centro de Bogotá, donde mataron al doctor Gaitán?
   —Sí, aquí mismo. A la 1:05 de la tarde del 9 de abril de 1948.
   —¿Y por qué lo mataron?
   —Por dos razones: la primera, porque en Colombia todas las cosas se arreglan así; y la segunda, porque se había convertido en un líder con un amplio apoyo popular y representaba una seria amenaza para la élite gobernante del país. Y claro, lo que vino a continuación fue «la chispa que prendió la mecha», como diría el maestro Fernando Vallejo en uno de sus libros.
   —¿Tan grave fue la cosa?
   —Y más. La turba enfurecida de liberales se lanzó a las calles y destrozó todo lo que se cruzó en su camino, incluido el cadáver del asesino, que fue arrastrado de la corbata hasta el Palacio de Gobierno. Pero los conservadores, dueños del poder en ese momento, respondieron con balas. Y el odio se trasladó al resto de la ciudad. Y de la ciudad pasó a los pueblos. Y de los pueblos al campo. Y del campo a todos los rincones del país. Rodaban cabezas a diestra y siniestra en uno de los episodios más rabiosos de nuestra historia patria. ¿Sabe cómo se llama?
   —No tengo ni idea. ¿Cómo?
   —La Violencia.
   —¿Con mayúsculas?
   —¡Claro, cómo más se iba a llamar! ¡El período de «La Violencia»!
   —¡Virgen santísima!
   —Tras el cual, por allá en el año 64, se formó la guerrilla de las FARC. Que, a su vez, dio origen a los grupos paramilitares de ultraderecha a finales de los 70 y principios de los 80. Y ambos bandos, aplicando el lema nacional del «ojo por ojo, diente por diente», se lanzaron a una guerra sin cuartel que arrasó con medio país. Y luego se aliaron con el narcotráfico. O con el Estado. Y luego con las bandas criminales. Y así hasta llegar al desmadre que tenemos delante.
   —¡Cuánta sangre! ¡Cuántos muertos!
   —Mejor no haga la cuenta, que se le acaban los números.
   —¿Y usted por qué escribe todo esto ahora? ¿Para tratar de entender a Colombia?
   —No, no, qué va. A Colombia no hay quién la entienda. Yo simplemente estaba caminando por el centro de Bogotá y me lo encontré en esta esquina. Y usted me preguntó por el doctor Gaitán. Y a mí me entró una cosa rara, una mezcla de rabia y nostalgia, y entonces le solté semejante parrafada. Pero es igual, no me haga caso... Vea, a nadie le importa. La gente pasa por aquí como si nada. Más bien, apúrese, vámonos. Van a creer que estamos mal de la cabeza.

10 de marzo de 2014

Votar (o irse de carnavales)



—¡Qué poca conciencia! ¿O sea que usted, en vez de acudir responsablemente a la cita electoral en la que se decidía el futuro de su país, prefirió largarse de juerga a los carnavales?
   —Si de disfraces se trata, prefiero los del Carnaval.
   —¿Y su «compromiso político»? ¿Dónde queda toda esa cháchara de la que habla en sus posts?
   —Ahí está. Me intereso por lo que pasa.
   —Le recuerdo que, al no haber votado este domingo, no tendrá derecho a decir ni «mu» cuando no esté de acuerdo con algo. No podrá levantar la voz. No podrá exigir nada.
   —¿Por qué? No entiendo su lógica.
   —El voto le da ese derecho. Es como un certificado para que, llegado el caso, pueda decirle a su candidato «esto no me gusta» o «usted nos está tomando el pelo». Los que se abstienen, en cambio, no tienen a quién reclamar. Se han quedado callados. Y si algo no les gusta, si difieren de alguna medida o decisión, haberlo pensado antes y haber elegido.
   —Una cosa son los carnavales y otra, muy distinta, es ir por la vida de juerga en juerga.  O dicho en cristiano puro: una cosa es no votar y otra es quedarse callado.
   —Para el caso es lo mismo.
   —¡No...! Uno puede, como es mi caso, no haber votado nunca (ni siquiera en las elecciones para elegir al representante estudiantil en el bachillerato). Y, sin embargo, eso no quiere decir que todo me dé igual. No marcar la X en el tarjetón no necesariamente significa apatía, indiferencia o falta de compromiso. Quiere decir, más bien, que uno no está satisfecho con las opciones que se le ofrecen. O, incluso, con el propio sistema. Pero, de ahí a la indiferencia, hay un gran salto. La política, como decía un tal Aristóteles, se puede ejercer de muchas maneras.
   —La manera más efectiva es el voto.
   —No siempre. Usted puede pensar una cosa, pero el político que elige hace finalmente lo que le da la gana. Fíjese en el señor Rajoy. Hay quienes, en cambio, preferimos ejercer la política desde otros frentes: espacios de debate, asociaciones, voluntariados, manifestaciones y protestas, medios alternativos de comunicación, nuevas tecnologías, blogs... Y, paradójicamente, algunas veces los resultados son más palpables, como ha sucedido, por ejemplo, con la PAH.
   —La democracia se mide en votos. El «buenismo» no es un partido político.
   —La democracia es todo: votos, actos, diálogos, ideas, movilizaciones y hasta esos carnavales que a usted, al parecer, tanto le molestan. ¡Todo! Por eso, bien mirado, lo que hice ayer no merece ninguna reprobación. Fue un acto tan democrático como el voto mismo. Me pusieron a elegir entre las máscaras de los políticos y las máscaras de los artistas, y yo elegí, sin dudarlo, las de los artistas. Eso sí, esta mañana, bien temprano, regresé a mi rol de ciudadano. Y vi las noticias. Y debatí con un par de colegas. Y, para que esas conversaciones no cayeran tan pronto en el olvido, me puse a escribir este post. Que es, en cierta medida, como un voto. Mi voto.

(*) 'Esto sí que es una chirigota', actuación ganadora del concurso de Agrupaciones Carnavalescas en el Carnaval de Cádiz 2014.

4 de marzo de 2014

Casablanca la bella



—Señor arquitecto, necesito que me ayude a construir una casa. ¡La más grande, la más bonita, la más blanca que jamás haya existido! ¡Casablanca la bella!
   —Perfecto. Dígame cómo la quiere.
   —Bueno, en realidad no es para mí. La casa es para el maestro Fernando Vallejo.
   —¿El maestro Vallejo regresa al país?
   —No, no, qué va. Él está muy tranquilito en México hablando barbaridades de Colombia, lo cual le agradecemos muchísimo todos los apátridas. Y sus lectores en general. El asunto es que ahora, con casi 71 años y un montón de recuerdos encima, necesita una casa en la que pueda sentarse a recordar sus cosas. Y por eso acaba de comprar el viejo caserón abandonado que está justo enfrente de la que, décadas antes, fue la casa de su familia. Y digo «fue» porque ya la tumbaron.
   —Ah, qué cosita con el maestro... Y dígame, ¿dónde está la casa?
   —En el barrio Laureles de Medellín.
   —¿Y cómo la quiere?
   —Blanca, blanquísima, aunque con puertas y ventanas de color café y una palmera en el centro de un antejardín verde, verde. Además, el maestro quiere dos patios grandes: uno para entronizar la imagen del Sagrado Corazón de Jesús y otro para poner una fuente con hienas de mármol. Lo demás será como lo de cualquier casa: cocina, baños, comedor...
   —Perfecto, tomo nota.
   —Ah, otra cosita: no se asuste si, en medio de la construcción de Casablanca, al maestro Vallejo le da por hablar con las ratas o soltar monólogos iracundos.
   —¿El maestro habla solo?
   —No sólo habla, sino que insulta, despotrica, blasfema. O sea, que no deja títere con cabeza: el papa Bergoglio, el papa Wojtyla, la Iglesia Católica, la mala patria Colombia, Medellín, el presidente Santos, Nicolás Maduro, España, Rajoy, Rubalcaba, la Real Academia de la Lengua, los políticos, los sociólogos, los pobres... Pero, a la vez, recuerda y ama: a su abuela Raquel Pizano, a su abuelo Leonidas Rendón, a su perra Bruja, a la finca Santa Anita...
   —¡Válgame Dios! ¿Alguna otra cosa?
   —Pues ahora que lo dice, sí. Entre esto y aquello, se me había olvidado comentarle un detallito: según parece, Casablanca está construida sobre un terreno fangoso.
   —¡Uy, qué mal...! ¿El maestro lo sabe?
   —Sí, sí, desde el principio. Se lo dijeron antes de comprar la casa.
   —¿Y por qué la compró? ¿A quién se le ocurre comprar una casa destinada a hundirse?
   —Pues a cualquiera de nosotros: a usted, a mí, al maestro Vallejo o al mismísimo Le Corbusier. Mejor dicho, a todo el mundo. ¿Acaso, señor arquitecto, no se da cuenta de que el terreno fangoso está debajo de todo lo que hacemos? Pues sí: ahí está y ahí seguirá por toda la eternidad. Y nosotros, constructores efímeros, estamos condenados a hundirnos con ello. Así que sólo nos queda una opción: levantar a Casablanca aun cuando sepamos que algún día caerá... Y ahora, si le parece, déjese de tantos apuntes y póngase manos a la obra.

14 de febrero de 2014

Felices de la vida



—Voy a llamar a la gente de los Guinness Records: si las cuentas no me fallan, lleva usted casi 10 posts sin hablar mal de Colombia. ¡Toda una proeza!
   —Eso es porque, desde hace un par de semanas, me siento «feliz».
   —¿Feliz? ¿Y por qué lo dice con ese tonito?
   —Porque no es una felicidad cualquiera. Según la encuesta anual de la firma Gallup, en el 2013 Colombia ha vuelto a encabezar el ranking de los países más felices del mundo.
   —Ja, ja. ¿Me está tomando el pelo?
   —Nada de eso. El 84% de mis compatriotas aseguran ser plenamente «felices» en Colombia. Y mejor aún: un 58% considera que el país es «el mejor vividero del mundo».
   —Eso no puede ser. Parece un mal chiste.
   —Este no es un blog de chistes.
   —¿Y no importó que, según el índice Gini, Colombia ocupa actualmente el tercer puesto en la lista de los países con mayor desigualdad económica, sólo superado por Haití y Angola?
   —Al parecer, no.
   —¿O que, desde hace un par de años, la ONU ha advertido de que Colombia es el país con mayor número de desplazados internos, con cerca de 5.5 millones?
   —Tampoco.
   —¿O que sus niveles de impunidad rozan el 95%? ¿O que seis de sus principales capitales figuran entre las ciudades más violentas del planeta? ¿O que, tras la publicación del más reciente informe Pisa, en términos de educación ocupa el puesto 62 entre 65 países? ¿O que su sistema de salud está al borde del colapso? ¿O que sus niveles de corrupción...?
   —Nuestra «felicidad» no entiende de esas cosas.
   —Yo tampoco entiendo nada. ¿Será acaso una voluntad inquebrantable por ver el lado positivo de las cosas? ¿O el buen ánimo? ¿O eso de que somos un pueblo «echao pa' lante»?
   —En parte, sí... Pero, antes que nada, esa felicidad es sinónimo de una sola cosa: patrioterismo.
   —¿Patrioterismo?
   —Sí, sí, patrioterismo. Así como suena. A ver, repítalo despacito: PA-TRIO-TE-RIS-MO. O dicho sin pelos en la lengua: provincianismo, cabezonería, estrechez de entendederas, necedad, falta de juicio, comodidad, ramplonería, vulgaridad, poca autocrítica, evasión, chabacanería... Y a eso súmele rumba, fútbol, aguardiente, narcotelenovelas, reinas de belleza y la imagen Divino Niño. A todas estas cosas me refiero cuando le hablo de «patrioterismo».
   —Ahora entiendo su «felicidad».
   —Gracias. No sabe lo «feliz» que me hace saberlo.