El mar siempre ha estado ahí: amplio, latente, vivo. Nos mira; nos habla en su lengua de olas del pasado. Hubo un tiempo en que lo cubría todo. No había nada: todo era el mar. Nosotros, medusas embrionarias, nadábamos sin rumbo en su inmensidad, en ese azul profundo que aún no era vida. Hasta el día en que Alguien dijo: «Hágase la luz», y hubo luz. Y su mano separó las aguas de la tierra y del cielo. Entonces el mar ocupó su sitio, y nosotros alcanzamos las costas convertidos en oscuros anfibios. Nunca más regresamos a él, pero el mar siguió habitando en nosotros. Con el tiempo, lo hemos olvidado; apenas lo miramos, como si en realidad no estuviera o fuese una llanura muerta. Alguien ha tenido que refrescarnos la memoria: nos ha llevado allí otra vez, a ese azul profundo donde alguna vez fuimos medusas. Y ese alguien, a su manera, ha hecho que nos miremos al espejo. «Todo está en todo», nos ha recordado, mientras sus figuras se llenan de coral y de esponja hasta fundirse con aquel fondo primario.
(*) Museo Subacuático de Lanzarote (Canarias - España) / Jason deCaries Taylor.
