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25 de septiembre de 2014

Mi vida por España



—Según una reciente encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), sólo un 16% de los ciudadanos estaría dispuesto a dar su vida por España... ¿Usted daría la suya?
   —Yo a España la quiero muchísimo. Pero eso de «dar la vida» me parece un poco exagerado.
   —Y por Colombia, ¿daría su vida?
   —¡Ni loco que estuviera! ¡No se puede defender lo indefendible!
   —En cualquier caso, es un dato significativo. ¿Qué cree que pasa con ese otro 84% de la gente? ¿Ya no se sienten españoles? ¿Les da igual la bandera y el patriotismo?
   —Ser español no debe de ser fácil. Esto que ahora llamamos «España» está hecho a retazos.
   —Ya, pero tampoco es un acto de fe.
   —Desde luego. Pero es que, además, tenga en cuenta una cosa: de un par de años para acá, en la sociedad española ha despertado un fuerte sentimiento de desafección hacia las principales instituciones del Estado y del sistema en general. Lo que antes parecía sagrado, ahora está en el centro de los debates. Y eso ha provocado que, entre otras cosas, conceptos como «patriotismo», «nacionalismo», «España», «país» y hasta «democracia» se caigan del pedestal en el que estaban. La gente ya no come tanto cuento. Muchos ciudadanos, desengañados o simplemente desinteresados, han decidido retirarse a otras esferas.
   —¿Otras esferas? ¿Cuáles?
   —Por ejemplo, la familia: un 47% de los encuestados sí daría la vida por su familia. O también agrupaciones, asociaciones, movimientos sociales, pequeños espacios a los que han trasladado el interés que antes pugnaba por ser masivo. O que, por lo menos, pretendía serlo.
   —¿Y eso es bueno o malo?
   —No lo sé... Por un lado, quiere decir que nos hemos quedado sin el concepto de «comunidad», es decir, sin eso que nos vincula unos a otros. Antes todo parecía sólido, contundente, pétreo. Ahora vivimos en los tiempos del individualismo, del desapego, donde cada uno es como una isla perdida que nada tiene que ver con la siguiente. Como dijo el coreano Byung-Chul Han, se trata de la «sociedad del cansancio», aquella que «no necesita de parentesco ni de pertenencia» y que sólo está unida por «un cordial levantamiento de hombros».
   —O sea, que vamos de culo pa'l estanco...
   —O no. Porque, a la vez, ese traslado hacia lo micro está generando nuevas formas de acción. Mire, por ejemplo, a la gente de la PAH. O, incluso, a los de Podemos. Parece que la apuesta empieza a ser otra: no la de «dar la vida por España», sino más bien tratar de ver los asuntos del día a día y empezar a corregirlos. Sin el vapor envolvente de los viejos conceptos, el ciudadano parece haber entendido que existen otros caminos. Ésta es la gran oportunidad que nos ofrecen los tiempos que corren. Aunque, al mismo tiempo, el principal reto.

10 de mayo de 2013

Los límites del grito




—¡Lo que nos faltaba! Que este blog, además de escribir barbaridades sobre Colombia, ahora se convierta en caja de resonancia de la derecha española. ¡Qué poca decencia!
   —¿De qué está hablando?
   —Pues de su odio visceral hacia las manifestaciones y los movimientos sociales de izquierda.
   —Nada de eso. Yo sólo quiero apuntar algo sobre los escraches.
   —Sí, pero ya sé lo que va a decir. Conozco de memoria el discurso de gentuza como usted. Dirá que no está de acuerdo porque es una práctica «nazi» o una nueva forma de «terrorismo». Es más, esgrimirá que se trata de un «atentado» contra la propiedad privada.
   —Esos desaciertos son obra de la señora Cospedal. Yo, para empezar, sólo diré una cosa: que es una forma de violencia que no podemos consentir.
   —¿Violencia? ¿Señalar a los malos gobernantes es violencia?
   —Sí, porque se trata de acoso e intimidación, que también son formas de violencia. Usted puede ser el peor gobernante en la historia de la Democracia española, pero eso no justifica que la gente ponga un cerco a su casa, le grite todo lo que le venga en gana y le exija que se posicione a favor o en contra de una iniciativa. Es una cuestión de límites. Si se legitimara algo así, imagínese la cantidad de escraches que habría todos los días. Cualquier motivo valdría para irrumpir en la intimidad de otra persona. En mi caso, por ejemplo, piense en los miles de compatriotas que vendrían a mi portal a exigirme que no vaya por el mundo diciendo barbaridades de Colombia. Ya nunca más podría ver la luz del sol.
   —¿Y los abusos del sistema bancario? ¿Acaso los desahucios no son violencia?
   —¡Claro que sí! Son muchas las familias que día a día se quedan en la calle por culpa de un sistema hipotecario caduco, injusto y que entrega demasiadas concesiones a los bancos. Eso hay que condenarlo. Hay que levantar la voz y buscar formas de resistencia.
   —Vaya, por fin ha dicho algo sensato.
   —Lo cual no indica, sin embargo, que cualquier cosa sea válida. La violencia no se enfrenta con más violencia. La violencia se enfrenta con métodos pacíficos para que el violento quede en evidencia. Aquí no vale lo del ojo por ojo.
   —¿Entonces qué hacemos? ¿Nos quedamos de brazos cruzados?
   —¡No, no, no...! Hay que seguir insistiendo, resistiendo, alzando la voz cuantas veces sea necesario. La labor de la PAH en los últimos dos años ha sido ejemplar: cientos de desahucios se han paralizado y muchas familias han podido acogerse a un alquiler social o renegociar su deuda con los bancos. De hecho, su mayor triunfo se produjo hace unos meses, cuando numerosas movilizaciones presionaron al Gobierno para que aprobara la modificación de varios apartados de la Ley Hipotecaria. Hasta el propio Tribunal Europeo se puso de su lado. ¡Esa es la vía! ¡Ese es el camino! Créame, no hace falta cercar la casa de ningún político o banquero.