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25 de noviembre de 2013

Hijos de *%&º!$¼Á©¢¥[㮬½



—¡Lo que nos faltaba! Ahora resulta que este blog, a falta de buenos temas, anda alcahueteando vulgaridades de baja ralea. ¿No le da vergüenza?
   —No son vulgaridades. Es arte político.
   —¡Jua! Yo sólo veo una mano gigante con el dedo corazón en alto. Es decir, lo que en el español de España se llama una «peineta». O lo que en Colombia sería «hacer pistola». Y que, traducido al lenguaje del día a día, significa algo así como «¡Ni de coña!» o «¡Jódanse!» o incluso el mundialmente mentado «Hijos de la grandísima *%&º!$¼Á©¢¥[㮬¡Öø£½ que los parió».
   —No tiene por qué ser tan explícito. Deje que los lectores saquen sus conclusiones.
   —No veo el «arte»por ningún lado.
   —Es verdad que el autor de la escultura, el checo David Cerny, quería protestar ante el posible regreso de los comunistas al gobierno de su país. Y que por eso se le ocurrió la idea de levantar una «peineta» o «pistola» gigante enfrente de la sede de la presidencia. Pero ese gesto, bien mirado, también es una forma de expresar la actual desafección por la política que existe en gran parte de Europa. Es el fantasma que ahora recorre Europa, diría Marx.
   —¿Qué es eso de la desafección?
   —Pues desafección, que viene de «falta de afecto». Es decir: antipatía, desapego, tedio, desgana, desinterés,  inapetencia, pereza, aburrimiento, repulsión, fastidio, asco, repugnancia y unas cuantas cosas más. En resumen, todo lo que el actual misnistro de educación, José Ignacio Wert, es capaz de despertar entre los ciudadanos.
   —¿Y para eso una «peineta» en pleno centro de Praga?
   —Sí, porque es como si ese dedo en alto enviara un mensaje directo a la clase politica: «¡Hemos dejado de creeros!» o «No nos sentimos representados por vosotros». Ese mismo dedito podría estar ubicado en Lisboa, Dublín, Madrid, Atenas, Roma o Berlín.
   —Ah, vale, ahora entiendo... En cualquier caso, debo decirle que discrepo de usted en una cosa.
   —Adelante, está en todo su derecho.
   —Creo que el mensaje del señor Cerny es otro. Es decir, me parece que ese dedo en alto significa simple y llanamente «Hijos de la grandísima *%&º!$¼Á¢¥[㮬½ que los parió».

7 de octubre de 2013

Agnosticismo (político)



—Antes de que siga escribiendo barbaridades a diestra y siniestra, a los lectores de este blog nos gustaría que nos dejara clara una cosa.
   —Adelante, ni más faltaba.
   —¿Usted es de derechas o de izquierdas?
   —¿A qué viene la pregunta?
   —Necesitamos saberlo. No podemos seguir alimentando las estadísticas de estos posts sin tener clara su orientación política. Es urgente que se posicione en un lado o en otro.
   —Eso es como preguntar si uno cree o no cree en Dios.
   —¿Y usted cree en Dios?
   —Digamos que soy agnóstico.
   —¿Qué quiere decir?
   —Que creo en Dios, pero no en las religiones. No es necesario rezar como loritos mojados para darse cuenta de que las cosas tienen un alma común. Dios es esa alma.
   —Vale, suficiente... ¿Y en términos políticos?
   —También soy agnóstico.
   —¡Qué facilidad para escabullirse! ¿Podría ser más explícito?
   —Creo en la política, pero no en los partidos políticos. O, por lo menos, no en los que tenemos ahora mismo. La política, vale la pena recordarlo, es un ejercicio más amplio, dinámico, que no se agota en el mero hecho de ir a votar cada cuatro años y elegir unas listas cerradas a cal y canto. Al igual que Dios, la política está en todo: en el hemiciclo del Congreso, en los medios de comunicación, en las aulas de la universidad, en las agremiaciones, en el bar de la esquina, en las juntas de vecinos, en los Madrid-Barça... En fin, en todo lo que somos.
   —Vamos, que usted no es de derechas ni de izquierdas.
   —Ya le dije: no creo en religiones. Además, esas palabras ya no significan nada.
   —¿O sea que tampoco vota?
   —Ni voto ni soy devoto. En las actuales circunstancias, creer en la política institucional es casi un acto de fe. Prefiero seguir ejerciendo la política del día a día.
   —¿Y cuál es esa política?
   —La esencial, la primaria, la más importante... Hablo de la política de los espacios de reflexión, la del consenso y la educación, la de las protestas pacíficas, los cambios a pequeña escala y los gestos solidarios hacia los otros. Una política viva, palpable, útil. Una política sin libros sagrados ni profetas ni sermones. O dicho de otro modo: la política del agnóstico.