Mostrando entradas con la etiqueta partido popular. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta partido popular. Mostrar todas las entradas

19 de diciembre de 2015

Votemos



—¡Tiempo sin saber de usted! Le perdimos la pista desde que se volvió dizque «analista político» y sale en la tele destilando su odio en todas direcciones.
   —Vivimos días agitados. Por si aún no lo sabe, mañana son las elecciones generales.
   —Claro que lo sé, pero no pienso moverme del sofá. ¿Y usted?
   —No tengo sofá en casa. Iré a votar.


2 de abril de 2015

Política gramatical: cuatro partidos





Tras las elecciones en Andalucía y los más recientes sondeos de intención de voto del CIS, cuatro fuerzas protagonizan el escenario electoral en 2015. Cuatro partidos. Cuatro formaciones que, al menos en teoría, reflejarían el «sentir político» de los electores.


13 de febrero de 2015

Premios Goya 2015



Luis Bárcenas, con tres estatuillas, y Pablo Iglesias, con dos, han sido los grandes protagonistas de la gala de los Premios Goya 2015. A continuación, El Ambidiextro presenta la lista con los ganadores en cada una de las categorías, entre los que también destacan Pedro Sánchez, Tania Sánchez, Iñaki Urdangarín y, por supuesto, el pequeño Nicolás.


24 de diciembre de 2013

Regalos de Navidad



¡Jo, jo, jo...! El Papá Noel de la Troika ha llegado al Palacio de La Moncloa cargado de sorpresas. Y el Ambidiextro, consciente de la sed de cotilleo de algunos de sus lectores, ha conseguido en exclusiva la lista de regalos que el Banco Central Europeo ha traído este año para cada uno de los miembros del Gobierno de España.


De Papá Noel para:

- Mariano Rajoy (Presidente del Gobierno)
un televisor plasma de 50 pulgadas para que sus conferencias de prensa tengan mayor sensación de realidad.
- Soraya Sáenz de Santamaría (Vicepresidenta del Gobierno)
una calculadora para realizar las operaciones matemáticas y estadísticas.
- Fátima Báñez (Ministra de Empleo)
una estampita de la Virgen del Rocío para que siga pidiendo por la reducción del paro.
- Luis de Guindos (Ministro de Economía)
un ejemplar del libro «Luis en el país de las maravillas», editado por el propio BCE.
- Cristóbal Montoro (Ministro de Hacienda)
un curso de cine, exento de IVA, impartido por la Academia de las Artes y las Ciencias                 Cinematográficas de España.
- José Ignacio Wert (Ministro de Educación)
una beca Erasmus en Plutón.
- Ana Mato (Ministra de Sanidad)
una fiesta infantil para sus hijos subvencionada por la empresa Gürtel S.A.
- Alberto Ruiz-Gallardón (Ministro de Justicia)
una edición de la Constitución Española con prólogo de monseñor José María Rouco Varela y editada por la Conferencia Episcopal Española.
- Miguel Arias Cañete (Ministro de Agricultura)
un lote semanal de yogures donados por el Banco de Alimentos.
- José Manuel Soria (Ministro de Industria)
un lote de bombillas de bajo consumo.
            - Ana Pastor (Ministra de Fomento)
        
un manual de comunicación política para evitar la doble moral.
- José Manuel García-Margallo (Ministro de Exteriores)
un manual de la Marca España en el que se detallen términos impronunciables como «Caso Nóos», «Caso Bárcenas» o similares.
- Pedro Morenés (Ministro de Defensa)
un ejemplar de la película «El hombre que nunca estuvo».
- Jorge Fernández Díaz (Ministro de Interior)
un uniforme antidisturbios para que él mismo salga a las calles a reprimir las huelgas y las manifestaciones contra la Ley de Seguridad Ciudadana.

- Luis Bárcenas (extesorero del PP)
un lote de cuadernos para que apunte más datos de la contabilidad ‘B’ del partido.

4 de septiembre de 2013

La PPmorfosis



Una mañana, tras un sueño intranquilo, Luis Bárcenas despertó convertido en un monstruoso insecto. «¿Qué me ha pasado?», pensó.
   No era un sueño. Su celda, una de tantas en la prisión de Soto del Real, conservaba su aspecto habitual. En la única mesa de la estancia reposaban las copias de unos documentos (Luis había sido tesorero de un partido político hasta enero pasado) en los que se relacionaba a varios de sus copartidarios con donaciones ilegales y sobresueldos.
   Unos días antes, Luis había entregado los papeles originales al juez. Así que su familia política (María Dolores, Javier, Francisco), que antes había puesto la mano en el fuego por él, ahora le había abandonado a su suerte. «¡Qué profesión tan lamentable fui a elegir!», exclamó, mientras se miraba el encorvado vientre y trataba de controlar sus enormes y peludas patitas.
   «¡Luis, ha venido su jefe!», le gritaron sorpresivamente desde otro lado de la puerta. Pero Luis no podía levantarse para abrir y, encima, sólo lograba emitir guturales sonidos.
   Se trataba de Mariano, presidente del partido, quien unos meses atrás, cuando se había iniciado el proceso en su contra, le había enviado un SMS dándole ánimo: «Sé fuerte, Luis. Todo saldrá bien». Y, dadas las actuales circunstancias, Luis pensó que se trataba de su última carta, el único que podía sacarlo de aquella prisión.
   Sin embargo, las intenciones de Mariano eran otras: «No se moleste en abrir», dijo el jefe. «Sólo vengo a decirle que, viendo su increíble obstinación, no me siento para nada inclinado a tomar parte en su defensa. Es más, de ahora en adelante ni siquiera mencionaré su nombre. Y en el seno del partido, haremos como si no lo hubiésemos conocido nunca».
   «¡Pero señor!», intentó decir Luis, arrastrándose ahora por el suelo de la celda. «Usted, mejor que nadie, sabe que es una acusación infundada. Es verdad que cambié de versión por lo menos tres veces. Aun así, todo lo que digo es cierto, incluso lo de sus trajes y sus corbatas. A los tesoreros no nos quieren, lo sé. Piensan que ganamos un dineral, y que encima nos damos la buena vida. Pero nada más lejos de la realidad: sólo cumplimos órdenes».
   No hubo respuesta. Los pasos de Mariano se alejaron por el pasillo de la prisión.
   Desde entonces se ha ido acostumbrado a su nueva condición: aislado, desacreditado y con sus bienes y sus cuentas embargados por el juez. Algunas veces mira los telediarios y se entera de las reuniones de sus colegas. «¡Qué vida tan tranquila lleva el partido!», piensa, y vuelve a recluirse en el rincón más oscuro de su celda.

26 de febrero de 2013

Chorizos, chanchullos, rapiña





—Que la trama Gürtel. Que el caso Bárcenas o el caso Urdangarín. Que los seguimientos ilegales de Método 3... ¡Vamos, que ya somos líderes absolutos en corrupción mundial!
   —No exagere, hombre, que todavía falta pelo pa' moño.
    —¿Y por qué está tan seguro?
   —Porque tengo una razón de peso: vengo de Colombia, que hasta hace pocos años ocupaba con orgullo los primeros puestos de la rapiña internacional. No había ningún otro país capaz de ponerse a su altura. Cuando uno decía la palabra «Colombia», era como si dijera «corrupción». La RAE estuvo a punto de oficializar el sinónimo en el diccionario.
   —Pues lo mismo que ahora en España.
   —No, no. Usted no entiende. ¡Ya quisiera Colombia tener la corrupción que hay en España!
   —Va a tener que explicármelo...
   —Vea, en Colombia la corrupción es la actitud nacional por excelencia, como la puntualidad de los suizos o la alegría de los dominicanos. Es una manera de ser, un sentimiento que se ha interiorizado, a fuerza de chanchullos, durante más de 200 años. Allá se lo roban todo: el dinero, las tierras, los recursos, el agua, el aire, el sol...  ¡Todo! En España, por fortuna, todavía no han llegado a semejante voracidad por el desfalco y el enriquecimiento indebido.
   —Pues no lo sé, ¿eh? ¡Aquí se han llevado muchísima pasta!
   —Por supuesto... Pero le repito: el robo, el choriceo o como quiera que se llame, todavía no adquiere la categoría de sentimiento nacional. Algo de moral ha sobrevivido. De hecho, aún existe eso del «repudio ciudadano». La gente se manifiesta, levanta la voz, señala con indignación a los responsables de los escándalos. Y eso, por trivial que parezca, es la mejor señal para el sistema, es la prueba patente de que no todo está apestado.
  —¿O sea que en Colombia nadie siente repudio por esto?
   —Nadie. Y al que lo siente, los demás lo tildan de «bobo». Por eso, si alguna vez va a Colombia, ni se le ocurra decir esto en voz alta: se le reirán en la cara como si estuviera contando un chiste.
   —Tiene que haber alguien que piense distinto.
   —Hubo un alcalde de Bogotá, Antanas Mockus, que pensó distinto. El hombre, más que político, era un maestro. Administró los recursos públicos como ninguno de sus antecesores. Y cuando acabó su mandato (1995-1997),  las arcas de la ciudad no sólo estaban saneadas, sino rebosantes de dinero. No se llevó ni un céntimo. ¿Cómo cree que reaccionaron los ciudadanos?
   —Estaban orgullosos de él, supongo.
   —¡Qué va...! Como no se robó lo que por mandato nacional le correspondía, no lo bajaron de «tonto», «estúpido», «caído del zarzo». Y para rematar, le aplicaron el peor insulto que se le puede aplicar a una persona en Colombia: «¡Honesto!».