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18 de septiembre de 2014

Apostolado



Antes que sumarse al alud de críticas desatado tras la aparición de un Padrenuestro en honor al expresidente Hugo Chávez, El Ambidiextro ha querido sumar su voz a las de miles de feligreses bolivarianos que proclaman el año y medio de su ascensión al cielo revolucionario. Y, a la espera de que se produzca su segunda venida a la tierra venezolana, ha elaborado su particular versión del Credo de los Apóstoles Bolivarianos.


Credo de los Apóstoles Bolivarianos

Creo en Chávez, Comandante Todopoderoso,
creador de la Nueva Venezuela.
Creo en Nicolás Maduro Moros, 
su reencarnación política y actual Presidente,
que fue designado por obra y gracia del Espíritu Bolivariano.
Nació Chávez de las entrañas de la Santa Revolución,
padeció bajo el poder de Carlos Andrés Pérez,
fue capturado, encarcelado y condenado,
descendió a los infiernos de la prisión de San Francisco de Yare,
a los dos años resucitó de entre los muertos políticos
y en 1999 ascendió al sagrado solio de Miraflores.
Hoy está sentado a la derecha de Simón Bolívar,
Padre Libertador de la América grande, morena y mestiza,
y desde allí juzga a bolivarianos y no bolivarianos.
Creo en el Santo Partido Socialista Unido de Venezuela,
en los camaradas Arreaza, Cabello y Jaua,
en la redención de Capriles, María Corina y Leopoldo López
y en la resurrección de Lenin, el Che y Tirofjijo. 
Amén.

22 de agosto de 2012

La Presencia




La escena ocurre en una cena a la que asistimos ocho venezolanos, cuatro españoles, una serbia, un inglés y un colombiano. La Presencia nos ronda desde los primeros saludos. Ahí está, como no podía ser de otra manera. Todos la vemos, pero preferimos ignorarla. Y nos sigue rondando cuando nos sentamos a la mesa, cuando alabamos las bondades del salmorejo o cuando el vino, que llena nuestras copas una y otra vez, hace que la conversación fluya animadamente.
   De pronto, a la hora de los cubatas, sucede lo inevitable: los ocho venezolanos, atraídos por un extraño magnetismo, se reúnen en la cocina. Y La Presencia, hasta entonces difusa, cobra forma.
   —He dejado de ver noticias —dice una—. No sé qué está pasando allá. Tampoco pienso votar en octubre. Para qué, la verdad.
   (Silencio).
   —No hay garantías —dice otra—. Hay canales en los que la oposición ni siquiera se nombra. No existe. Es como si todos los medios fueran cajitas de resonancia oficial.
   (Silencio).
   —A una tía mía —dice otro— le redujeron parte de la jubilación por haber apoyado el referendo revocatorio de los primeros años. Hizo el reclamo, pero en la oficina le dijeron: 'Lo sentimos, pero usted está en contra de la Revolución'.
   (Silencio).
   —Ha convertido la enfermedad en un show —apunta otra—. Varios periodistas, respaldados por muy buenas fuentes, andan diciendo que era parte de la estrategia. Que, de hecho, puede llegar a ser una farsa. La lástima también suma votos.
   (Silencio).
   —Será igual que en las elecciones parlamentarias de 2010 —afirma otro—: votemos por quien votemos, él siempre ganará.
   (Silencio).
   —Hay un pueblo, cerca de Miami, donde ya somos mayoría —cuenta otra—. No es que seamos mayoría entre los inmigrantes. No, no: es que somos mayoría en el pueblo entero. En el último año han llegado muchísimos.
   El último silencio es más largo. Las copas se vacían, las miradas se pierden por un momento en una baldosa del suelo, en la ventana del fondo, en el hielo del vaso. Hasta que alguien, al cabo de un rato, decide cerrar la sesión.
   —Hablemos de la crisis española, de los cortes del Gobierno o de la prima de riesgo —propone—. En fin, de cosas más agradables.
   La Presencia se difumina. Recelosa, nos ronda por enésima vez y hace lo posible por llamar la atención. Pero, durante el resto de la noche, hacemos como que no la vemos.

5 de noviembre de 2011

Diálogo entre dos (ex) colegas


Transcribo el diálogo que sostuvieron ETA y las FARC, en algún lugar de los Pirineos, luego de que el grupo terrorista vasco anunciara el fin de su lucha armada.

ETA_ Qué gusto verla de nuevo, colega.
FARC_  Lo mismo digo, compañera. Han pasado casi dos años desde la última vez. ¿Se acuerda?
ETA_ Claro, en Caracas. Menudo anfitrión resultó el comandante Hugo.
FARC_ Lástima que a los jueces españoles les diera por sapearnos. Sobre todo, a ese tal Baltasar. Qué rabia me dio levantar los campamentos.
ETA_ No se preocupe, que ahora el Tribunal Supremo lo está investigando por unas escuchas ilegales. Le aseguro que de ésa no sale limpio. Y dígame, ¿a qué ha venido?
FARC_ Pues fíjese, estaba bien tranquila en el lado venezolano de la frontera, trabajando en mis laboratorios, cuando me  dieron la noticia. No podía creerlo. ¿Es verdad que deja las armas?
ETA_ Bueno, verá... De momento, sí.
FARC_ Piénselo bien, compañera. Más de cuarenta años de lucha revolucionaria no se dejan así como así. Fíjese en Fidel, qué firmeza. ¿No será más bien que le ofrecieron plata?
ETA_ No, no, de eso nada... Lo que pasa es que he estado pensando y creo que esto de las armas ya no vale la pena. Los tiempos han cambiado. Y encima, me he quedado sola. Hasta Batasuna me ha dado la espalda.
FARC_ ¿Y los compañeros de la izquierda abertzale?
ETA_ También. De hecho, los de Bildu han encontrado curro en el Parlamento.
FARC_ Pero todavía me tiene a mí y al comandante Hugo.
ETA_ No es eso, colega. Es que además me siento vieja, cansada y fea. Tanto, que ni he podido quitarme la capucha para mirar a la gente a la cara. Usted debería hacer lo mismo.
FARC_ Yo no uso capucha. ¿Pero dejar las armas? Eso nunca, compañera. Prefiero seguir reclutando niños y mujeres en el campo. O masacrando pueblos enteros. Además, acuérdese que para mí no es tan sencillo. Si dejo las armas, se me acaba el negocio de los laboratorios. Y si se me acaba el negocio, es como si me quitaran el nombre. Tendría que volver a mis inicios, cuando no era más que una campesina bandolera que cortaba cabezas.
ETA_ Por lo menos, piénselo. Lo de don Alfonso puede que sea una señal.
FARC_ Hace mucho dejé de pensar. Ahora sólo mato, mato, mato. Y eso es lo que seguiré haciendo, por lo menos, otros sesenta años. Así que no insista, compañera. Y con permiso, me despido. Tengo que volver a la selva. La guerra me espera.