Mostrando entradas con la etiqueta venezuela. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta venezuela. Mostrar todas las entradas

31 de agosto de 2015

Frontera




«... Venezuela, unida con la Nueva Granada, podría formar una nación que inspire a las otras la decorosa consideración que le es debida (...) Nuestra seguridad y la reputación del nuevo gobierno independiente nos impone el deber de hacer un cuerpo de nación con la Nueva Granada. Este es el voto ahora de los venezolanos y los granadinos (...) Divididos seremos más débiles, menos respetados de los enemigos (...) La unión hará nuestra fuerza y nos hará formidables a todos».


(*) Fragmento de la carta de Simón Bolívar al general Santiago Mariño
Valencia, 16 de diciembre de 1813

18 de septiembre de 2014

Apostolado



Antes que sumarse al alud de críticas desatado tras la aparición de un Padrenuestro en honor al expresidente Hugo Chávez, El Ambidiextro ha querido sumar su voz a las de miles de feligreses bolivarianos que proclaman el año y medio de su ascensión al cielo revolucionario. Y, a la espera de que se produzca su segunda venida a la tierra venezolana, ha elaborado su particular versión del Credo de los Apóstoles Bolivarianos.


Credo de los Apóstoles Bolivarianos

Creo en Chávez, Comandante Todopoderoso,
creador de la Nueva Venezuela.
Creo en Nicolás Maduro Moros, 
su reencarnación política y actual Presidente,
que fue designado por obra y gracia del Espíritu Bolivariano.
Nació Chávez de las entrañas de la Santa Revolución,
padeció bajo el poder de Carlos Andrés Pérez,
fue capturado, encarcelado y condenado,
descendió a los infiernos de la prisión de San Francisco de Yare,
a los dos años resucitó de entre los muertos políticos
y en 1999 ascendió al sagrado solio de Miraflores.
Hoy está sentado a la derecha de Simón Bolívar,
Padre Libertador de la América grande, morena y mestiza,
y desde allí juzga a bolivarianos y no bolivarianos.
Creo en el Santo Partido Socialista Unido de Venezuela,
en los camaradas Arreaza, Cabello y Jaua,
en la redención de Capriles, María Corina y Leopoldo López
y en la resurrección de Lenin, el Che y Tirofjijo. 
Amén.

30 de abril de 2014

Contrapunto



De un tiempo para acá, la orquesta sólo interpretaba notas bajas. Primero fue la llegada del actual director, que había sido elegido sin saber lo que era un pentagrama, un acorde o un compás. Sólo entendía de tonos altos. Después vino el problema con los instrumentos: faltaban cuerdas, teclas, papel, sillas y hasta un escenario en condiciones para la interpretación.
De modo que un día, durante el estribillo de una pieza sin ritmo titulada 'Revolución Bolivariana', la mitad de los músicos se negó a seguir la partitura. En cambio, formaron un contrapunto para exigir al atril una mayor armonía entre las voces.
Pero el director, que sólo oía su voz de tenor enfurecido, ordenó a su guardia de violines que los hiciera callar. Lo consiguió, pero no del todo. La acústica del auditorio, mermada por las reformas emprendidas por el antiguo director, sirvió sin embargo para que el alegato tuviera resonancia en otras orquestas. Su eco pronto le dio la vuelta al mundo.
Fue así como se logró lo que parecía imposible: que el director, sordo a la libertad interpretativa, se sentara a escuchar a los músicos del contrapunto.

(*) Estudiantes se manifiestan contra el gobierno de Nicolás Maduro en una calle de Caracas. Los enfrentamientos han dejado más de 40 civiles muertos.

18 de marzo de 2014

Pelo malo




—Mamá, quiero que me alises el pelo.
   —No.
   —No quiero tenerlo rizado.
   —No.
   —Mañana me tomo la foto del colegio y quiero salir con el pelo liso. Y vestido de cantante.
   —¡Que no, Junior! ¡Y no molestes más con eso!
   —Mario lleva el pelo liso...
   —¿Quién es Mario?
   —El muchacho del abasto. El de los ojos grandes, negros, como si fueran de mentira...
   —Tú no tienes por qué mirarle los ojos a los hombres. ¡Tú eres un varón!
   —Me gusta el pelo de Mario.
   —¡Silencio! ¡Y a partir de ahora no vuelves a ir al abasto!
   —¿Y el vestido de cantante?
   —No tengo plata. Pide prestada una boína roja y vístete de comandante. Ahora todos los niños quieren ir como el Comandante-Presidente.
   —La abuela me está haciendo un vestido de cantante famoso.
   —No insistas...
   —Además, ella sabe alisar el pelo con el secador. Es fácil.
   —No.
   —O también con mayonesa o aceite...
   —¡Que te calles, Junior! ¡No, no, no! Y ahora, por terco, te lo voy a cortar. ¡Se acabó este asunto del pelo liso! Te lo voy a cortar completico! ¿Me oíste?
   —Yo lo quiero liso.
   —Entonces vete a vivir con tu abuela. Ella te lo alisará y te vestirá de cantante. Mete tus cosas en la mochila y te vas ahora mismo. ¿No es eso lo que quieres?
   —No quiero irme con la abuela.
   —Entonces tienes que cortarte el pelo. Tú mismo. A ver, aquí tienes la máquina. Cógela.
   —...
   —Decide: o te cortas el pelo o te vas a vivir con tu abuela. O con ella o conmigo. No hay término medio: o lo llevas liso o te lo cortas a ras. Tienes que elegir, Junior. Y no me mires así, que en el fondo te hago un favor. Así es la vida, así son las cosas en este país. Mira a tu alrededor y te darás cuenta. O estás de un lado o estás del otro. O gritas «¡Viva la Revolución!» o gritas «¡Abajo el dictador!». Y no hay más, fin, sanseacabó.


(*) 'Pelo malo', ganadora de la Concha de Oro a la mejor película en el LXI Festival de Cine de San Sebastián.

28 de agosto de 2013

Taxi: primer ministro al volante



—Suponga lo siguiente: una mañana cualquiera, usted se sube a un taxi y descubre que el taxista es el mismísimo presidente de su gobierno.
   —¡No lo diga ni en broma! ¡Sería el colmo del colmo de la crisis!
   —No, no le hablo de una situación del todo «real». Le hablo de una puesta en escena.
   —¿Un presidente disfrazado de taxista?
   —Eso mismo.
   —Conozco el caso contrario: el de un antiguo taxista que hace un par de meses va disfrazado de presidente de Venezuela. Eso sí, el disfraz es lamentable.
   —Yo me refiería a Jens Stoltenberg.
   —No me suena. ¿Quién es?
   —El primer ministro noruego, que hace unas semanas decidió meterse en la piel de un taxista y recorrió durante algunas horas las calles de Oslo (ver vídeo).
   —¿Tan aburrido estaba?
   —Nada de eso. Era una iniciativa de márketing político de cara a las elecciones del próximo 9 de septiembre. El taxi de Stoltenberg tenía cámaras ocultas para grabar las conversaciones que se producían entre conductor y pasajeros, casi todas sobre temas políticos. Stoltenberg, que lleva en el cargo desde 2005, quería escuchar de primera mano las percepciones de los ciudadanos, y se puso manos a la obra. O mejor dicho, manos al volante.
   —¿Y le sirvió de algo?
   —Claro. Además de las curiosas reacciones de los pasajeros cuando descubrían la identidad del supuesto taxista, Stoltenberg se llevó a su despacho importantes reflexiones sobre la manera en que los noruegos perciben la política. Y ese gesto vale por sí solo. Más allá del disfraz y de las cámaras ocultas, lo importante es que se trataba de rescatar un principio de la gobernanza que parece haber sido borrado de los programas electorales de nuestros días: el de acercar el ejercicio de la política a los ciudadanos, y viceversa. En otras palabras, hacer que el ciudadano no olvide su rol político, y que el político no olvide su rol ciudadano. Ya quisiéramos muchos de nosotros que nuestro gobierno hiciera cosas parecidas.
   —Lo bueno es que si Stoltenberg pierde las elecciones, no se quedará en el paro. La compañía Oslo Taxi lo contratará de inmediato.
   —No. Al contrario que el taxista que gobierna en Venezuela, que presume de eficiencia a pesar de ver «pajaritos» por todas partes, Stoltenberg reconoció que no es muy bueno al volante y lanzó un último mensaje a los noruegos: «Creo que tanto al país como a los pasajeros, les serviría más que yo fuera primer ministro y no taxista».

22 de agosto de 2012

La Presencia




La escena ocurre en una cena a la que asistimos ocho venezolanos, cuatro españoles, una serbia, un inglés y un colombiano. La Presencia nos ronda desde los primeros saludos. Ahí está, como no podía ser de otra manera. Todos la vemos, pero preferimos ignorarla. Y nos sigue rondando cuando nos sentamos a la mesa, cuando alabamos las bondades del salmorejo o cuando el vino, que llena nuestras copas una y otra vez, hace que la conversación fluya animadamente.
   De pronto, a la hora de los cubatas, sucede lo inevitable: los ocho venezolanos, atraídos por un extraño magnetismo, se reúnen en la cocina. Y La Presencia, hasta entonces difusa, cobra forma.
   —He dejado de ver noticias —dice una—. No sé qué está pasando allá. Tampoco pienso votar en octubre. Para qué, la verdad.
   (Silencio).
   —No hay garantías —dice otra—. Hay canales en los que la oposición ni siquiera se nombra. No existe. Es como si todos los medios fueran cajitas de resonancia oficial.
   (Silencio).
   —A una tía mía —dice otro— le redujeron parte de la jubilación por haber apoyado el referendo revocatorio de los primeros años. Hizo el reclamo, pero en la oficina le dijeron: 'Lo sentimos, pero usted está en contra de la Revolución'.
   (Silencio).
   —Ha convertido la enfermedad en un show —apunta otra—. Varios periodistas, respaldados por muy buenas fuentes, andan diciendo que era parte de la estrategia. Que, de hecho, puede llegar a ser una farsa. La lástima también suma votos.
   (Silencio).
   —Será igual que en las elecciones parlamentarias de 2010 —afirma otro—: votemos por quien votemos, él siempre ganará.
   (Silencio).
   —Hay un pueblo, cerca de Miami, donde ya somos mayoría —cuenta otra—. No es que seamos mayoría entre los inmigrantes. No, no: es que somos mayoría en el pueblo entero. En el último año han llegado muchísimos.
   El último silencio es más largo. Las copas se vacían, las miradas se pierden por un momento en una baldosa del suelo, en la ventana del fondo, en el hielo del vaso. Hasta que alguien, al cabo de un rato, decide cerrar la sesión.
   —Hablemos de la crisis española, de los cortes del Gobierno o de la prima de riesgo —propone—. En fin, de cosas más agradables.
   La Presencia se difumina. Recelosa, nos ronda por enésima vez y hace lo posible por llamar la atención. Pero, durante el resto de la noche, hacemos como que no la vemos.

28 de noviembre de 2011

Hermano



Daniel (Fernando Moreno) y Julio (Alí Rondón) son dos hermanos de crianza que viven en un barrio marginal de Caracas. El segundo representa la parte oscura de esa realidad: bandas, delincuencia, drogas, asesinatos... El otro encarna la superación: asiste puntualmente al Liceo, no le atrae la vida de los malandrines y, sobre todo, quiere llegar a vestir la camiseta del equipo de fútbol su ciudad, el Caracas F.C. Y un día, un ojeador...
   —¡Espere, no siga! Ya sé lo que me va a contar. Se trata de una de esas historias en las que un niño sueña con ser futbolista y debe vencer un millón de obstáculos para lograrlo...
   —En parte, sí. Pero hay algo más.
   —No creo. Todas las películas sobre fútbol son iguales.
   —Pues ésta no. Resulta que a su director, el venezolano Marcel Rasquin, se le ocurrió darle un par de vueltas a la idea. Y le salió algo bastante interesante. No es sólo una película sobre fútbol. Es una película sobre el Bien.
   —El fútbol es un deporte de ignorantes. ¿Qué puede decir sobre el Bien?
  "Hermano" no es la historia de un sueño cumplido. Es más, para Rasquin el fútbol no es enteramente esencial. Por debajo del relato late un tema más complejo: el bien como antídoto de la violencia y la marginalidad. Como el único camino posible: el recién nacido que es rescatado de un basurero, un aborto que no llega a realizarse, una venganza no consumada, el apartamiento de las armas, un sueño, una vida más allá de las barriadas...
   —Empieza a gustarme.
   —Me alegra.
   —Y en cuanto al Mal... ¿Cree de verdad que Latinoamérica podrá erradicarlo?
   —Colombia no, porque dejaría de llamarse Colombia. Pero el resto de países, quizá. Me gusta creer que sí. Que bastante hemos tenido con estos dos siglos. Y en caso de no poder erradicarlo, por lo menos frenarlo, mirarlo a la cara, hacerle frente y no permitir que siga avanzando.