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12 de septiembre de 2016

Escalada



Desde niño tuvo que pedalear cuesta arriba. Cuentan que a su mamá, doña Eloisa Reyes, alguien que arreglaba muertos le tocó la panza cuando estaba embarazada de él y le transmitió un mal que allá en la loma de El Moral, en medio de las frías montañas de Boyacá, lo llaman «tentado de difunto», y que son pocos los que sobreviven. Luego, montado en la vieja bicicleta que su papá usaba para ir a ordeñar las vacas al otro lado del potrero, aprendió a remontar la cuesta que le llevaba todos los días al colegio, en Arcaburo, a 18 kilómetros de su casa, y que a los 12 años ya subía y bajaba hasta con los ojos cerrados. Un día una tractomula lo sacó de la carretera y lo tiró por un barranco, pero él lo único que lamentó fue haber llegado tarde a clase y con la ropa sucia. Más tarde, cuando su nombre ya despuntaba en los torneos nacionales, un taxi se lo llevó por delante y estuvo cinco días en coma. Todos pensaron que se moría, como cuando le dio el mal del difunto, pero él se levantó de la cama y siguió pedaleando. Nadie pudo detener su escalada. Y así, paciente pero osado, humilde pero con la línea de meta entre ceja y ceja, se subió a los podios más importantes del mundo: el Tour de l'Avenir, el Giro, el Tour y, ahora, la Vuelta.

21 de junio de 2016

Manos



—Bienvenidos a esta sesión de rehabilitación. Os recordamos que este grupo está conformado por maltratadores confesos y por otros tantos que hasta ahora no lo han reconocido. Que cada quien diga lo que tenga que decir. Ya podéis empezar a hablar.
   — ...
   — ...
   — ...


3 de mayo de 2016

Consulado de Suecia



—¿Otra vez va a hablar mal del Consulado? Tenga cuidado: mire que los colombianos que viven en Madrid son muy chismosos y en un dos por tres le llevan el cuento a la cónsul.
   —¡Qué va! ¡Esa vieja no sabe que este blog existe!
   —Yo no estaría tan seguro.
   —Además, esta vez no voy a hablar mal de nadie. Vengo en son de paz.


29 de diciembre de 2015

Cazar un mamut



—Las vueltas que da la vida, ¿no? Ahora resulta que, sorpresivamente, es usted el que me visita.
   —Vengo todos los años. Este mismo día desde hace cinco años.
   —No lo recuerdo. Como supondrá, ando muy ocupada. No me alcanza la vida para nada.
   —¿Al menos se acordará de la última vez que hablamos?


17 de septiembre de 2015

Cuarto cumpleaños: retrospectiva



—Esta vez, con el permiso de los lectores, vamos a dejar de lado el análisis y el debate para hacer una retrospectiva de lo que han sido estos cuatro años.
   —¿Análisis? ¿Debate? ¡Pero si usted lo único que hace es hablar mal de Colombia!
   —No exagere. Yo sólo digo unas cuantas «cositas».
   —¿Y por qué no hace una fiesta y vuelve a tirar la casa por la ventana?


5 de septiembre de 2015

Emotiva carta de despedida de El Ambidiextro a su viejo Nokia 100 RH-130




     Querido Nokia:

     Te parecerá un tópico más, una frase tan gastada y sucia como el ringtone de «Taxi», pero la verdad nunca pensé que llegaría este día. El día en que, por una cuestión de supervivencia, debo
cambiarte por un smartphone (¡ay!)... Es más, se me corta la voz sólo con decirlo...


23 de agosto de 2015

Hoja de reclamación



Resignados, un colega y yo apuramos el último trago de la cerveza. Faltan 10 minutos para que acabe el partido en Tiflis y el Sevilla, aunque le ha plantado cara al Barça y está a un solo gol del empate, es casi seguro que se quedará ad portas del milagro.


24 de diciembre de 2014

Pesebre negro




—Más que un pesebre de Navidad, esto parece una partida de ajedrez en la que las fichas negras son mayoría y las blancas, pese a todo, tienen el control.
   —Hay otra diferencia importante: la valla que separa a unos de otros.
   —¿Una valla en un pesebre?
   —Como la de Melilla, salvo que en este caso está custodiada por soldados romanos. En el lado negro, los tres Reyes magos, después de una penosa y larga travesía por el desierto, esperan pacientemente la oportunidad de saltarla. En el lado opuesto, las figuras blancas juegan al golf y sonríen en medio un campo verde, terso y limpio.
   —Parece una fortaleza. ¿Quién vive allí?
   —Herodes. Es decir, la gran Europa.
   —¿Y esos de más atrás, quiénes son?
   —Miles de pastorcitos indocumentados que sueñan con llegar al otro lado de la valla. Sólo unos pocos lo logran. La mayoría muere en el intento.
   —¿Y aquel surco larguísimo?
   —Era un río que se secó. En este pesebre, los ríos y los pozos ya no existen.
   —Y supongo que esos de allá son Jesús, José y María.
   —Muchas «Marías» dan a luz mientras se lanzan a la aventura de Occidente. La diferencia es que no conciben por obra y gracia del Espíritu Santo. Casi todas son ultrajadas y violadas por los líderes de las mafias que se lucran llevando a miles de personas a la frontera. Ningún «José» se hace cargo de esos niños. Tampoco hay ángeles que hablen en mitad de los sueños.
   —Al menos están en una posada...
   —No es una posada. Es un hospital de la Cruz Roja cerrado por culpa del ébola.
   —¿Y quién atiende a la gente?
   —Nadie. Los últimos sanitarios que quedaban, casi todos voluntarios, se vieron superados ante la magnitud de la epidemia y no tuvieron más opción que echar el cierre. Volvieron a Europa a pedir nuevos recursos, pero lo más probable es que no los oigan. La fortaleza de Herodes no sólo está protegida por la guardia romana; también por las concertinas de la indiferencia, la soberbia y la ignorancia. O sea, verdaderas murallas para un mundo distinto.


(*) Pesebre solidario de la fundación Mensajeros de la Paz. Hasta el próximo 6 de enero en la Capilla de Nuestra Señora de la Soledad (c/ Fuencarral, 44 - Madrid).

17 de octubre de 2014

Avenida de América, 31



—De Onetti se han escrito muchas cosas. Deme una buena razón para seguir leyendo este post.
   —Lo que voy a mostrarle no lo ha visto casi nadie. Ni siquiera los más «onettianos».
   —¿Un documento que prueba la existencia de Santa María?
   —Santa María es tan real como cualquier ciudad. Basta con abrir un libro de Onetti para darse cuenta de eso. Ni siquiera él mismo, que le prendió fuego en «Dejemos hablar al viento» (1979), pudo desaparecerla. Ahí sigue: imperturbable, legendaria, decadentemente bella.
   —¿Entonces de qué se trata?
   —Del mobiliario de la casa de Onetti en Madrid.
   —¿La casa de Avenida de América, 31?
   —Sí. La misma casa en la que se instaló cuando, por allá en 1975, la dictadura militar le obligó a abandonar definitivamente el Uruguay. Y en la que, diecinueve años después, murió.
   —¿Qué pasa con el mobiliario?
   —Casa de América de Madrid lo expondrá hasta el próximo 15 de noviembre.
   —¿Y de qué cosas estamos hablando?
   —Han traído el comedor, las estanterías, las alfombras, los ceniceros, los cuadros, los relojes, las sillas, los vasos, las gafas, las fotografías... Incluso, situada casi en el centro de la sala de exposición, han puesto la habitación en la que Onetti pasaba horas enteras leyendo o escribiendo o, simplemente, tratando de descrifrar las manchas de humedad del techo. Está intacta, con los mismos libros y los objetos idénticamente dispuestos que el día de su muerte... ¡Han traído todo! Como dijo la propia Dolly, la mujer de Onetti: «¡Me han desmantelado la casa!».
   —¡Qué maravilla! ¡Eso es como estar en Santa María!
   —Y, junto a todo esto, también se exhiben documentos de especial relevancia, como el discurso que leyó el día en que le dieron el Premio Cervantes (1980). O sus publicaciones de prensa más recordadas. O sus pasaportes, sus carnés, su certificado de matrimonio con Dolly y hasta las mil y una notitas y los poemas y los comienzos de relatos que escribía de su puño y letra.
   —Vamos, que uno sale de allí con ganas de leer a Onetti.
   —Es la idea... Ah, pero eso sí: no le recomiendo que lo lea en el autobús ni en el metro ni en la sala de espera del dentista. Onetti, que era ocioso por naturaleza y pasó gran parte de su vida tumbado en la cama, no es un autor de prisas. Como ha dicho Antonio Muñoz Molina: «La mejor manera de leer a Onetti es acostado». O sea, como el propio Onetti.

(*) En recuerdo del 20 aniversario de la muerte de Juan Carlos Onetti (1909-1994).

6 de octubre de 2014

iPhone 6



—Bienvenido a Apple Puerta del Sol. ¿En qué puedo ayudarlo?
   —No sé. Quería saber qué diablos pasa aquí. Afuera hay un montón de desgraciados que llevan haciendo fila toda la noche. No entiendo nada.
   —Hoy se pone a la venta en España nuestro nuevo modelo de smatphone: el iPhone 6.
   —Ah, es que creí que lo regalaban...
   —No. Es la novedad. Tenga en cuenta que es el acontecimiento comercial del año para nuestra marca. La gente lleva meses esperando este momento.
   —¿Y es que sólo se puede comprar hoy? ¿O es que han traído poquitos ejemplares?
   —No, no. Simplemente, los clientes quieren ser los primeros en tenerlo.
   —Pero no hace mucho se había puesto a la venta otro. ¡Menudo escándalo que hicieron!
   —Sí, el iPhone 5. Lo que pasa es que ya se ha quedado obsoleto.
   —Pues haberlo fabricado mejor, ¿no?
   —Es la tecnología. Todas estas cosas van muy de prisa.
   —O sea, que dentro de un año el dichoso iPhone 6 también se habrá quedado obsoleto...
   —Probablemente.
   —¿Y aún así la turba enfermiza lo compra?
   —Es la lógica del mercado.
   —Menuda lógica. Y dígame, ¿qué tiene de especial el iPhone 6? ¿Una herramienta que vive por la gente? ¿O es que convierte al usuario en una aplicación más del teléfono?
   —La pantalla es más grande y hace mejores fotos.
   —Bah, qué novedad.
   —Además, su diseño sin bordes lo hace mucho más ligero y cómodo. Créame: una vez lo tenga en su mano, no podrá soltarlo. Es el mejor teléfono que se ha fabricado hasta ahora.
   —En eso último se equivoca. No es el mejor.
   —¿Ah, no? ¿Cuál es?
   —El Nokia 5500. Mire, aquí tengo el mío. Lo compré hace cinco años y no da ningún problema. Cuando me llaman, suena una musiquita de Liszt... Ah, y tiene linterna incorporada.
   —Bueno, eran otros tiempos.
   —¡Nada de eso! Para el Nokia 5500 no existen «otros tiempos». Es atemporal, inmortal, como el mismísimo Dios. El día de la hora final, cuando alguien pulse el botón de la bomba atómica, sólo las cucarachas y el Nokia 5500 seguirán existiendo sobre la faz de la Tierra. Así que no intente venderme el dichoso iPhone 6 ni ninguno de esos aparatos. Me quedo con el mío. Gracias. Y ahora me marcho, no le hago perder más tiempo. Sé que todavía tiene que atender a esa turba enfermiza que está afuera con la cara pegada a los cristales.

4 de abril de 2014

Austeridad mental



Un anciano se desploma en medio de la acera. Tendido boca arriba, los ojos desorbitados y de un negro espeso, sin brillo, sufre bruscas sacudidas. Pero al poco, convertido ya en el centro de atención de la gente que pasa, deja de moverse. Una chica da un paso al frente, le toma la muñeca y confirma el diagnóstico al resto de transeúntes que miran la escena:
   —No tiene pulso —dice nerviosa.
   La primera unidad del Samur llega a los tres minutos. Dos médicos se abalanzan sobre el cuerpo e intentan reanimarlo. Otra unidad arriba al poco y se une a las labores de emergencia.
   El anciano no responde.
   Las ambulancias siguen llegando, una detrás de otra, las sirenas rugiendo y las luces inundando la calle. Entre los que atienden la emergencia, los que montan la carpa de aislamiento, los que acordonan la zona y los que tratan de tranquilizar a la familia del anciano, en total han arribado cinco ambulancias, dos coches de apoyo y tres patrullas de Policía.
   La calle es un foco de curiosos. Los más regazados, atraídos por las luces y el ruido, preguntan la razón de todo aquello. Otros, sin más, sueltan lo único que llevan en la cabeza.
   —No entiendo... —dice uno, bien vestido, cincuentón—. Tantas ambulancias para un hombre al que le ha dado un ataque. Esto es increíble. ¡Ni que se tratara de una guerra!
   —Son de apoyo —dice un chaval que lo ha visto todo—. La gente ha llamado varias veces.
   —Es igual —agrega el bienvestido—. Son demasiadas.
   Uno de los médicos entra y sale varias veces de la carpa para hablar con la hija del anciano, que se mantiene atenta, gesto grave, ojos encharcados y pañuelo en mano.
     Pasan cerca de 35 minutos. La gente espera.
   ¿Hay alguna proporción ahorro/emergencia? Y si es así, ¿quién la dicta? ¿Cuántas ambulancias, según la política de austeridad y déficit que acapara los telediarios y las páginas de los periódicos y cada rincón de la cotidianidad, son necesarias para salvar una vida?
   Al rato, una camilla sale del interior de la carpa. La gente se mantiene atenta, busca una mejor ubicación para ver el desenlace de la escena: el anciano, torso desnudo y boca atravesada por un tubo larguísimo, es trasladado a la parte trasera de una ambulancia.
   Respira. Ha sido reanimado.
   Pero el bienvestido ya no está. Se ha ido, con seguridad, a ver el telediario.

(*) La alcaldesa de Madrid, Ana Botella, durante un acto con varios integrantes del cuerpo de emergencias del SAMUR-Protección Civil.

12 de marzo de 2014

Silencio



«... silencio... Hoy hemos vuelto a respirar ese silencio. Lo llevamos instalado en la memoria, en los huesos, en el impulso que es cada uno. Es el silencio del día en que te fuiste. Ha regresado mezclado con el aire de esta mañana. ¿Sabías que tiene color? Sí: es un silencio gris, marmóreo y que, si afinas un poco el tacto, puedes palparlo con los dedos. Como el humo. Como una nube ceniza que se instala sobre la ciudad y provoca que los ojos de todos se humedezcan. Es el silencio que se desplomó tras aquel estruendo ciego. Todo se apagó de pronto y, cuando abrimos los ojos otra vez, era lo único que nos quedaba. La ciudad entera en silencio: días, semanas, meses... Y ahora, como cada tanto, ha vuelto. Aquí está, entre nosotros. Por fortuna, hemos aprendido a habitarlo, a sembrarlo de palabras, gestos, canciones... Cada uno a su manera para que no nos quite el aire. Pero sabemos que ahí está, esta mañana, y lo seguimos respirando...»

24 de febrero de 2014

23-F: crónica de un golpe (ciudadano)




«¡Quieto todo el mundo!», gritó El Ciudadano, Constitución Española en mano, cuando irrumpió en el hemiciclo del Congreso y ocupó la tribuna de oradores.
   Era uno solo, pero su voz parecía la de miles.
   «Tranquilos», agregó. «Esto no es un asalto ni nada parecido. No tenemos armas. Simplemente hemos venido a pediros que abandonéis esta sala. Ya no representáis a nadie. Tenéis que iros, sin más. Las calles de las ciudades están llenas de manifestantes».
   Los diputados le miraban sorprendidos.
   «¿Quiénes sois?», preguntó uno de ellos, que dijo ser el Presidente de las Cortes.
   «Somos todos», respondió El Ciudadano.
   «¿Todos?».
   «¡Todos¡ La ciudadanía, la gente del común, el grueso de las personas de este país: los parados, los desahuciados, los funcionarios del salario congelado, los estudiantes sin futuro, los emprendedores sin subvenciones, los jubilados víctimas de las preferentes, los niños que se han quedado sin becas escolares, las mujeres que no están dispuestas a renunciar a su derecho al aborto, los inmigrantes sin acceso a la sanidad pública... ¡Todos menos vosotros!».
   Su voz removía las gradas del hemiciclo.
   «¿Y qué es lo que haréis?», volvió a preguntar el diputado.
   «Vamos a refundar esta cámara», dijo El Ciudadano. «La echaremos abajo y levantaremos una nueva: más útil, más austera y moderna y en cuya entrada principal pueda leerse, en letras grandes y claras, un antiguo aforismo de Terencio: 'Nada de lo humano me es ajeno'. Más tarde, con aportes de los nuevos representantes, nos ocuparemos del gobierno.
   «Es una locura», dijo el diputado. «No estáis preparados».
   «Lo intentaremos».
   «El futuro del país está en juego».
   «No queremos el futuro que nos ofrecéis».
   «Es la única salida».
   «La nuestra también es una opción. A partir de ahora, muchas cosas cambiarán. Será un cambio lento, difícil, pero del que sin duda saldrá un sistema más justo, equitativo y solidario. Es nuestro turno, la hora de gestionar lo que a todos nos compete. Así que, por favor, abandonad cuanto antes vuestros escaños y abrid paso a otra forma de hacer política. Vuestra presencia en esta cámara ya no tiene sentido. Vuestras siglas y vuestros colores ya no nos dicen nada. Entendedlo de una buena vez: es hora de intentar algo distinto».

24 de septiembre de 2013

Botellas al mar: 2 años



—Se nos vino el otoño, y de paso el segundo cumpleaños de este blog.
   —¿Dos años hablando barbaridades de Colombia?
   —Eso mismo.
   —¿Y no han atentado contra su vida? ¿No le ha pasado nada?
   —No, porque afortunadamente este blog se escribe desde la paz del exilio. Además, no es de lo único que aquí se habla. También hay espacio para otros temas.
   —¿Cuáles?
   —La crisis de la UE, los sobresuedos del PP, las carreteras catalanas, la política estadounidense, los logros de la PAH, los caprichos de la cuasi alcaldesa de Madrid, los exiliados españoles en México, las triquiñuelas para la re-reelección de Evo Morales, la censura de los medios en Latinoamérica, Cuba, Simón Bolívar, el nuevo Papa, Dios, las últimas fotos de Marylin Monroe, Benzemá y su derecho a no cantar La Marsellesa, el futuro de los libros, la poesía de Juan Gelman, una que otra película y hasta un listado de cinco cosas que alientan la existencia de un mundo con valores y prioridades distintos.
   —¡Vamos, que sólo le faltó hablar de la vida en Plutón!
   —Tengo un texto casi listo sobre eso.
   —¿Y piensa seguir haciéndolo?
   —Por supuesto. Como dijo hace poco Richard Ford: «Cuando te dedicas a esto [la escritura], acabas entendiendo que no escribirías si nadie te leyera». Y estos textos, que ya pasan del centenar, han tenido la fortuna de congregar a un pequeño grupo de lectores que, semana tras semana, se ocupa de señalar tanto sus aciertos como sus errores. Mientras haya por lo menos un curioso husmeando entre estas líneas, El Ambidiextro seguirá lanzando sus botellas al mar.
   —Pero eso no va acambiar el mundo. ¿Por qué tanta insistencia?
   —No lo sé muy bien... Podría decirle que es por mera vanidad, o porque tengo mucho tiempo libre, o incluso porque no quiero quedarme regazado en los temas de Internet.
   —Conozco muchísimos blogeros de esos.
   —Pero no es exactamente por eso. Creo, más bien, que es porque no puedo dejar de hacerlo. O como decía Aristóteles: porque es algo que se basta a sí mismo, y a la vez me hace feliz. Y si de paso consigo ser original y le aporto a los lectores una visión particular de las cosas (que a veces es divertida y otras veces es rabiosa), mi alegría es doble. No hay nada mejor que compartir una idea, una opinión, un comentario. Lo que no se comparte ni se celebra, se lo lleva el olvido; y lo que se lleva el olvido, no existe: es vacío, silencio, nada.

14 de junio de 2013

Últimos días con Marilyn


«La belleza está en el movimiento, como sospechaban algunos. Es un atributo que solo se pone de manifiesto a través del movimiento. Por eso la belleza no se puede poseer ni atesorar; se puede sentir, se puede incluso padecer, se puede contemplar, pero no se puede comprender, puesto que no es una cuestión de simetría o proporciones, no tiene nada que ver con los números ni es posible explicarla. Es como una hoguera que, mientras está encendida, se mueve. Cuando ha dejado de moverse, ya está apagada» («Autobiografía de Marilyn Monroe» - Rafael Reig).






(*) «Marilyn and Me», exposición fotográfica de Lawrence Schiller, reúne las imágenes del último estudio fotográfico realizado a Marilyn Monroe en 1962, meses antes de su muerte. Hasta el 14 de julio en Galería MONDO (c/ San Lucas, 9 - Madrid).

10 de mayo de 2013

Los límites del grito




—¡Lo que nos faltaba! Que este blog, además de escribir barbaridades sobre Colombia, ahora se convierta en caja de resonancia de la derecha española. ¡Qué poca decencia!
   —¿De qué está hablando?
   —Pues de su odio visceral hacia las manifestaciones y los movimientos sociales de izquierda.
   —Nada de eso. Yo sólo quiero apuntar algo sobre los escraches.
   —Sí, pero ya sé lo que va a decir. Conozco de memoria el discurso de gentuza como usted. Dirá que no está de acuerdo porque es una práctica «nazi» o una nueva forma de «terrorismo». Es más, esgrimirá que se trata de un «atentado» contra la propiedad privada.
   —Esos desaciertos son obra de la señora Cospedal. Yo, para empezar, sólo diré una cosa: que es una forma de violencia que no podemos consentir.
   —¿Violencia? ¿Señalar a los malos gobernantes es violencia?
   —Sí, porque se trata de acoso e intimidación, que también son formas de violencia. Usted puede ser el peor gobernante en la historia de la Democracia española, pero eso no justifica que la gente ponga un cerco a su casa, le grite todo lo que le venga en gana y le exija que se posicione a favor o en contra de una iniciativa. Es una cuestión de límites. Si se legitimara algo así, imagínese la cantidad de escraches que habría todos los días. Cualquier motivo valdría para irrumpir en la intimidad de otra persona. En mi caso, por ejemplo, piense en los miles de compatriotas que vendrían a mi portal a exigirme que no vaya por el mundo diciendo barbaridades de Colombia. Ya nunca más podría ver la luz del sol.
   —¿Y los abusos del sistema bancario? ¿Acaso los desahucios no son violencia?
   —¡Claro que sí! Son muchas las familias que día a día se quedan en la calle por culpa de un sistema hipotecario caduco, injusto y que entrega demasiadas concesiones a los bancos. Eso hay que condenarlo. Hay que levantar la voz y buscar formas de resistencia.
   —Vaya, por fin ha dicho algo sensato.
   —Lo cual no indica, sin embargo, que cualquier cosa sea válida. La violencia no se enfrenta con más violencia. La violencia se enfrenta con métodos pacíficos para que el violento quede en evidencia. Aquí no vale lo del ojo por ojo.
   —¿Entonces qué hacemos? ¿Nos quedamos de brazos cruzados?
   —¡No, no, no...! Hay que seguir insistiendo, resistiendo, alzando la voz cuantas veces sea necesario. La labor de la PAH en los últimos dos años ha sido ejemplar: cientos de desahucios se han paralizado y muchas familias han podido acogerse a un alquiler social o renegociar su deuda con los bancos. De hecho, su mayor triunfo se produjo hace unos meses, cuando numerosas movilizaciones presionaron al Gobierno para que aprobara la modificación de varios apartados de la Ley Hipotecaria. Hasta el propio Tribunal Europeo se puso de su lado. ¡Esa es la vía! ¡Ese es el camino! Créame, no hace falta cercar la casa de ningún político o banquero.

8 de octubre de 2012

Kilómetro Cero

 


Un día el viajero hace las maletas y se va de casa. Cruza la frontera de sí mismo.
Visita ciudades, aprende lenguas, mira el mar desde otras orillas.
Es lo que llaman «cambiar de aires».
Pero otro día, sin más, se despierta y se da cuenta de que ya tiene otra vida.
El sello en su pasaporte indica que ha dejado de ser turista.
«Dónde está mi otra vida», pregunta el viajero.
Entonces comprende que el regreso no existe. Que nadie vuelve nunca.
La casa es un recuerdo que la nostalgia habita.
Por eso, cada tanto, regresa sobre los primeros pasos que dio en esta otra vida.
«Aquí pisé por primera vez«, dice el viajero.
Y se queda un rato allí, en silencio.
Hasta que el tren Hace Cuatro Años efectúa parada en la estación Ahora.
«Un billete sencillo», pide el viajero al hombre de la taquilla.
 Y sigue andando.

(*) Kilómetro Cero, origen de las carreteras en España (Puerta del Sol, Madrid).

28 de septiembre de 2012

Millonarios, Alfredo Di Stéfano y la mujer de Lot





El resultado es lo de menos. Lo importante es que la historia sigue intacta.
   —¿Se refiere al 8-0?
   —Sí, es lo de menos. Nada ni nadie cambiará aquella victoria del '52. Ni los goles que Di Stéfano le hizo al Real Madrid aquel día. Ni mucho menos lo que sigue siendo Millonarios.
   —¿Qué sigue siendo?
   —El equipo más ganador en Colombia. Y el de más historia, digan lo que digan.
   —Hace 24 años no gana un campeonato de Liga.
   —Pero fue el mejor club del mundo a principios de los 50. ¡El balet azul!
   —Vale. Pero eso de qué sirve ahora.
   —Es la historia.
   —Sí, pero de qué sirve. No entiendo de qué sirve la historia si no es para hacer algo con ella.
   —Es un buen recuerdo.
   —Nadie recuerda porque sí. El que mira hacia atrás lo hace para saber quién es, dónde está, hacia dónde va. La historia no es dura como una piedra. No se trata sólo de exhibir campeonatos en una vitrina. O de repasar las estrellas bordadas alrededor de un escudo.
   —Pero la historia es la historia.
   —La historia es la historia, sí, pero también es presente. Y futuro, claro está. Recuerde lo que le pasó a la mujer de Lot en aquel pasaje del Génesis: ante la insistencia por volver la vista atrás, Dios la convirtió en piedra y se quedó mirando eternamente el pasado.

6 de julio de 2012

¿15-M o 15-R?




Domingo, 20:30 hs. Puerta del Sol de Madrid. Asamblea semanal del 15-M.
   Hay unos cuarenta asambleístas. La sesión gira en torno a las acciones a realizar durante las próximas semanas.
   Turno de palabra. Violeta:
   —La estrategia de la Policía y del Gobierno es dividirnos. Según ellos, en el 15-M hay una facción buena y otra facción mala, que es la que nos incita a cometer actos violentos.
   Turno de palabra. Almudena:
   —Es una visión maniquea del movimiento. Los verdaderamente malos son ellos. Los malos son todos los que están con el sistema. Nosotros somos antisistema.
   Turno de palabra. Luis:
   —Lleváis razón, pero me gustaría añadir algo. Estuve la semana pasada en las protestas contra Bankia. Y debo confesar que las provocaciones vinieron de nuestro lado. Si no pasó nada, fue porque la Policía no quiso.
   Turno de palabra interrumpido.
   Varios asambleístas alzan los brazos formando una X. Los brazos en X, en el lenguaje del 15-M, significan «No estoy de acuerdo».
   Luis deja el megáfono y abandona la asamblea.
   Turno de palabra. Fernando:
   —Son ellos los que nos provocan y nos reprimen. Hay que seguir adelante. Hay que llevar nuestra resistencia a grandes y pequeñas esferas, todos los días, a todas horas. Es la única manera de mantenernos al margen del sistema.
   Los asambleístas alzan los brazos y menean las palmas en el aire. Las palmas meneándose en el aire, en el lenguaje del 15-M, significan «Estoy de acuerdo».
   Yo me quedo con las manos en los bolsillos. Y me pregunto si no me habré equivocado de sitio.
   ¿15-M? No, no es el mismo 15-M de hace unos meses.
   Ahora debería llamarse 15-R. R de radicales, por ejemplo. O de rabiosos.
   Me marcho.

12 de junio de 2012

El patriamóvil




—Mire, compadre. Qué busesito más bonito el que nos puso la ministra María Ángela Holguín a los colombianos que vivimos en España. Le dicen el «patriamóvil».
   —¿Como el de Benedicto XVI?
   —Sí, compadre. La diferencia es que éste no lleva ningún pontífice dentro, sino funcionarios consulares en representación de la patria. ¿Le gusta?
   —Está bonito. Para qué negarlo. Lo que me disgusta es que sólo sirva para entregar pasaportes, registros civiles, poderes, certificaciones y documentos de identidad. Si la idea es acercar la patria a todos los que vivimos fuera, el busesito también debería ocuparse de otros asuntos.
   —Ah, usté habla de cosas como el desempleo, las hipotecas, la exclusión social...
   —No, no. Esos son asuntos secundarios.
   —¿Entonces, compadre?
   —Yo me refiero a problemas de verdad. Por ejemplo, la gastronomía. Si se fija, casi todos los compatriotas del exilio viven añorando los platos de la cocina criolla. Se les hace agua la boca sólo con nombrarlos. Y es un problema de gran magnitud, pues se quejan todo el tiempo y su apetito nunca está saciado. «¡No hay como lo nuestro!», gritan eufóricos.
   —Eso es bien cierto, compadre.
   —Pues convendría que el patriamóvil, además de llevar la bandera tricolor por toda España, también repartiera empanadas de arroz, tamales, buñuelos, pandebonos, almojábanas, achiras, arepas de choclo, pasteles de yuca, papas rellenas, entre otras cositas. A ver si con eso le ponemos fin a tanto bendito antojo.
   —Sería una buena solución.
   —Y para los que extrañan mucho el país, que también son casi todos, que les repartan bolsitas con tierra. Entonces, si alguien dice «Soy de Manizales», pues que le den una bolsita con cenizas del nevado del Ruiz. Y si otro dice «Soy de Cartagena», pues que le den una bolsita con arena de las playas de Bocagrande. Y así con el resto de compatriotas. Sería cuestión de que usté presente su cédula en el patriamóvil y ahí mismo le entregan su bolsita.
   —Qué buenas ideas se le ocurren, compadre.
   —Es sentido común. Hay que darle prioridad a nuestros problemas más urgentes.
   —Usté, como mínimo, debería ser cónsul, compadre.